viernes, 15 de agosto de 2008

Carnaval toda la vida

Lo tomé y fui hasta uno de los sillones. En mi recuerdo persiste la idea de no haber pasado más allá de la primera página. Para Virgilio, ese libro, o el hecho en sí, jamás existió. Al menos eso fue lo que me dijo cuando, luego de despertarme, le consulté sobre el libro y sobre el propio Felipao. El negó todo: nunca tuve un libro en la mano y nunca, él, había oído nombrar a un escritor con ese nombre, Felipao. Miré hacia donde estaba el frigorífico, decidí no insistir y anoté en mi mente tener un espacio así en mi casa, algo que impusiera el respeto y el silencio necesarios para que la gente se moderase por sí sola. A los minutos apareció Pascula y me dijo que había tenido sueños extraños, con panteras azules, que estaban en un salón y que sólo se movían cuando Azucena las pateaba. En ese momento me puse a pensar tanto en Azucena como en el Ruso y en nuestro trabajo. También, en qué harían con todos los cazadores de perros una vez que llegaran a la certeza de que en todo Buenos Aires no quedaba ni un perro más. Virgilio debió haber notado que pensaba en algo, porque me dio un golpe en la nuca y dijo que dejara los recuerdos para el día de mi muerte. Pascula, apoyado en el ventanal, decía una obviedad: ya es de noche, Mandre; che, Virgote, a dónde nos vas a llevar. Virgilio no dijo nada, fue hasta su cuarto y al rato volvió abrigado por una campera de cuero negra y con otras dos iguales en las manos.
–Tomen, son para ustedes. Por acá las noches suelen ser frías y vinieron bastante desabrigados.
Nos pusimos las camperas y salimos del departamento de Virgilio. Nos faltaban los lentes oscuros, bigotes y jeans para completar parte de una historia que nos era ajena. En la calle pudimos comprobar el frío y también la ausencia de gente, o de monstruitos. Levanté el cuello de la campera, coloqué las manos en los bolsillos y empecé a jugar con el aire: inhalaba siempre de la misma manera, pero exhalaba de distintos modos, a veces con suspiros entrecortados y rápidos, otras más largos y espaciados, y no faltaba la lenta y casi interminable exhalación que dibujaba una estela de vapor delante de mí. De la nada, el viento de a poco comenzó a tomar fuerza, hasta que llegó un momento en que se nos dificultaba caminar. Había dejado de jugar con el aire y sólo me preocupaba en seguir a Virgilio. Todos caminábamos en silencio, Pascula con la cabeza gacha, yo mirando a Virgilio y Virgilio con la vista al frente y una sonrisa en la cara. Llegó un punto en que moverse era casi imposible; Virigilio se detuvo, yo hice lo mismo pero a Pascula debimos tomarlo de un brazo para que dejara de caminar. Sin decir nada, Virgilio nos sujetó de los hombros y, entre gritos, nos dijo que hiciéramos lo mismo. Luego unimos las cabezas, con la vista hacia el suelo, y nos agachamos. Así, los tres, formamos una especie de triángulo en busca de la protección contra el viento. O al menos eso creí en un principio. Cada vez con mayor fuerza, el viento nos atosigaba y, cada vez con mayor fuerza, Virgilio nos gritaba diferentes indicaciones hasta que logramos conseguir lo que deseaba: bien sujetados uno al otro, el costado izquierdo de Virgilio y el derecho de Pascula sobre el piso y yo sobre ellos, las cabezas juntas y las piernas contraídas, pensé que esperábamos que el viento aplacara. Sucedió lo contario; el viento se hizo cada vez más intenso, hasta que, en esa forma de rueda humana, comenzamos a girar por la calle. Girábamos y girábamos, y Pascula lloraba, Virgilio sonreía y yo aguardaba a que todo terminase, el viento, la calle, las vueltas, algo, lo que sea, que de una buena vez pusiera fin a los golpes que nos dábamos por todas partes. Virigilio, no sé cómo, siempre procuraba tomarnos de la cabeza para respetar la figura y que, en especial, no se nos lastimara al dar contra el suelo. Al fin el viento comenzó a detenerse hasta que ya no tuvo la fuerza suficiente para movernos. No debimos haber dado vueltas ni siquiera durante un minuto, pero ese escaso tiempo bastó para salirse de cualquier medida y crear un mundo aparte, inagotable y pavoroso. Yo quedé debajo de ambos y aprecié tanto el llanto de Pascula y la suplica para que todo concluyera así como la sonrisa cada vez más estruendosa de Virgilio, que, antes de levantarse, me dio un beso en la boca y después comenzó a saltar. Intenté quitarme a Pascula de encima pero al resultarme muy difícil por la fuerza con la que me sujetaba, tuve que tomarlo de los pelos, mirarlo a la cara y golpearlo un par de veces para que volviera en sí. Al fin logró tranquilizarse, se levantó, yo lo hice después y pudimos ver los saltos y gritos que daba Virgilio.
–Genial, genial, la mejor de todas –decía dando saltos de un lado a otro.
–Me arrepiento de todo lo que dije, Mandrake, nada me gustaría más en el mundo que regresar a Buenos Aires –dijo Pascula mientras se limpiaba la tierra y las lágrimas.
Me dolían los hombros, los brazos y tenía unas ganas increíbles de cagar a trompadas al tipo ese que no dejaba de saltar. Pero así como el viento, Virgilio también logró serenarse y se acercó a nosotros. Nos abrazó, nos agradeció no sé qué experiencia y nos dijo que incluso el Pampero era más fascinante en este lugar. Después agregó que todas las noches ocurría lo mismo, y cuando el viento por fin terminaba, empezaba una fiesta inigualable. Nos tomó de los hombros, miró hacia el cielo, hicimos lo mismo y luego dijo: vean. A la altura de las terrazas de los edificios comenzaba a formarse una nube que en breve pasó a ser una lluvia de papel picado. Al mismo tiempo, gritos, bocinas y explosivos hicieron pedazos al poco ruido con el que habíamos convivido. Montones de monstruitos inundaron las calles y salieron a festejar algo que ignorábamos. Otro día en el planeta Tierra, otro espacio de aventuras, el desconocimiento que tenía de ellos el país vecino, Buenos Aires, en definitiva, cualquier motivo se perfilaba en mi mente como excusa necesaria para explicar y proferir que nada de lo que sucedía delante de mí era una ilusión. Pascula ya había dejado atrás las vueltas sobre la calle, y ahora saltaba junto a un grupo de monstruitos que simulaban algún tipo de danza. Virgilio se reencontró con Blaqui y los dos, tomados de la mano, observaban cómo las cabezas de todos se cubrían de papel picado. Sobre uno de los faroles triangulares que iluminaban el ambiente había un monstruito que revoleaba una bufanda para todos lados y sobre él, algunos volaban en círculos y otros hacían piruetas en el aire: mortales continuadas, flic flacs, verticales. Era la primera vez que veía volar a los monstruitos. Ya cerca de las paredes algunos copulaban y otros, también alejados del centro, se comían entre sí hasta que alguno moría –aunque por lo general, después de unos segundos, también moría el restante y un tercero, que había permanecido al acecho, se acercaba para comer los restos de ambos–. Pero tras varios minutos de festejos, tan imprevisible como cuando comenzó, el papel picado dejó de caer, y, en la misma cadencia que registraba esa caída, el ánimo de los monstruitos se fue atemperando hasta que ya no hubo más papel picado, círculos y piruetas en el aire, orgías y canibalismo contra las paredes, y tampoco danzas en la calle. Virgilio y Blaqui se soltaron las manos, Pascula quedó abandonado y sin entender por qué los que habían saltado y bailado con él ahora se iban como si nada hubiera sucedido, como si nada los hubiese unido durante varios minutos para descomprimir sus identidades. Y mientras tanto, yo me representaba y me explicaba con palabras toda esa situación.
–Linda fiesta. Mañana a la noche se repite y pasado también y el resto de los días que nos quedan. Qué te pareció –dijo Virgilio que se había acercado a mí junto a Blaqui.
–¿Incomprensible? –dije y Virgilio comenzó a sonreír.
–Puede ser, puede ser. Che, Blaqui, anda yendo para Rumplei y decile a Homero que me espere con la chiquita esa que conocimos la otra vez.
Blaqui se alejó por la calle en la que había transcurrido la fiesta hasta que en la primera esquina dobló a la derecha. Pascula se nos acercó y dijo lo de siempre, esto es un flash. Virigilio pareció no demostrarle atención aunque, en el momento en que Pascula giró la cabeza para ver cómo se retiraban los últimos monstruitos, me hizo un gesto que indicaba el cansancio de oír cada dos por tres esa frase. Yo le pregunté qué seguía ahora, y Virgilio me dijo que íbamos hacia un lugar llamado Rumplei; había llegado el momento de tragos, mujeres y juego. Síganme, que la van pasar de puta madre, dijo y luego de esa frase volvíamos a caminar en silencio tras sus pasos. En realidad, volvíamos a ser los mismos desamparados que desde la fuga de Buenos Aires siempre habíamos sido.

5 comentarios:

Siesta escandalosa dijo...

Da gusto dejarse arrastrar por todas estas instancias. Los monstruitos pirueteros y garchadores son lo más.

Anónimo dijo...

Se busca,se busca
una jirafa azul
trepada a un tandem
con un pasajero invisible detrás
-es así de exótica-
lleva un corsé tejido de mariposas. Calza zapatillas chinas.
En la espalda se adorna con una mochila color azucena.
La última vez que pasó por aquí
tenía campanitas en el pelo y sonaban cada vez que lo movía,
din din don, mi jirafita.
Avísenle que estoy en una esquina de la mañana tomando un jugo de "carotte" (ella no bebe)
por favor,díganle también,
-porque anda de kafka pateando el piso-que tengo dos rodajas de alegría para que las ponga de timbre en su bicicleta.

Nacho,aprendiz,para LMJ(la little)

Anónimo dijo...

donde dice:"ella no bebe" debe decir:"ella no bebe alcohol".-

pd. Tampoco fuma ¿cómo quieren que esté up? Rescaten a la jirafitaaaaa!!!!!!

nacho bremer

Siesta escandalosa dijo...

No creo que alguien pueda resistirse a esa búsqueda, Nacho.

LMJ dijo...

Nacho, aquí toy, todavía bebiendo alcohol por suerte, y aunque extraño un poco el cigarrito, no estoy tan capacaída, jajaja.
Si bien la descripción no es lo más acertado del planeta, me encantaría que fuera así! (Tanto que el otro dia mi hermana me dijo que tenia las ojeras de Millie Stegmann).
Saludos, y espero escribir pronto. La falta de humo y las nuevas inquietudes académicas hacen estragos en mi psiquis.
Bye!
Yo.