martes, 9 de octubre de 2007

cuatro ideas sin elaborar

Tragedia.

Tragedia no es que a uno lo tiren del tren en movimiento para robarle un walkie talkie sin pilas ni antena. Tragedia es que a uno lo tiren del tren en movimiento para robarle un walkie talkie sin pilas ni antena en la estación Ezpeleta, esperar dos horas a un parámedico que no sabe que uno tiene alergia a la penicilina. Perder una pierna en el camino y la vida al llegar a un boulevard, a seis cuadras de un hospital sin camillas, insumos, ni médicos que sepan que es lo que la gente tiene últimamente que a pesar de sus esfuerzos y sus venerables diplomas se muere; médicos que ni siquiera saben que lo que pasó fue que uno simplemente tuvo un mal día.

Excentricidad.

Uno no termina de saber nunca si es excéntrico por haber nacido en Argentina o si eligió nacer en Argentina entre tantos países en el globo, de puro excéntrico.

Paz.

Muchas veces me preguntaron los jóvenes en la calle (por no decir nunca en mi puta vida), cómo hacen los monjes del tibet y otras regiones incomprensibles, para estar tan bien con la naturaleza, y la vida y etcéteras. Yo intenté explicárselos de la manera más adulta y sencilla “chicos, es que a los monjes del tibet la vida, el hombre, el hambre y los más altos conceptos, por no decir, la consagradísima concha de la lora, les chupa un huevo”.

Progreso.

En las grandes urbes, a diferencia de lo que sucede en las áreas de menor densidad poblacional, la gente es lisa y llanamente caca y de las más frescas. El interés individual prima por sobre el general y en pos de esa maravillosa premisa todos se sienten con permiso para realizar toda clase de latrocinio. El concepto de la moral y las buenas costumbres, es reemplazado por “me llego a dar cuenta que me cagaste de nuevo y voy a tu casa te mato al perro y te rompo las rodillas con una maza mientras duermes” (finalizando con un escupitajo al suelo firme y gesto de “soy el ratón alfa”).

Por eso es que nos va tan bien a todos, y cada vez mejor, como a los monjes del tibet.

3 comentarios:

jirafa menor dijo...

amigo jirafiano, como siempre, lo suyo, algo muy interesante de leer, en especial porque uno no hace más que estar de acuerdo con usted ("que es algo fundmental").

yo trabajo por microcentro, y lo cierto es que cada vez que camino y observo a la gente hacerlo, apurados, mirando todo el dinero que no tienen pero que desean, o, incluso mas alla de todo el dinero que tienen, desean más, decia, mietras los miro caminar desenfrenados, locos, re dados vuelta, me pregunto, imposible no hacerlo, quién de todos ellos será el primero en ser cornudo...

saludos

f.

federicus dijo...

Gracias por sus palabras f. algún día explicaremos por qué no cualquiera puede llamarse federico.

Más allá de eso, es tema para otro post la gran regla mátematica: la cornudez es inversamente proporcional, mientras más cornudo es uno, menos lo percibe. El INDEC arrojó datos precisos en su última Encuesta Permanente de Hogares, 9 de cada diez personas son cornudas.

Tres de ellas no lo saben. El problema se plantea con los otros 6 cornudos "conscientes", cuatro de esas seis intentan disimularlo o lo niegan, mientras los otros dos son cornudos honrosos.

Pero es un tema que hay que tratarlo con muchísima delicadeza, pues ni nosotros ni ninguno de nuestros lectores puede escapar a las estadísticas, y aparentemente acá, cornudos sobran.





Saludos,

FJ (cornudo leal)

LMJ dijo...

Adhiero!!!! La idea del progreso me está matando. El otro día una mina apurada trataba de convencer de una manera muy violenta a una cajera de Disco de que era ella la que tenía razón. ¿Con que puto objeto, si la pobre cajera se debía cagar en la empresa y si después de todo esa señora no la iba a ver nunca más?
Te golpean en el subte, nadie más es dama ni caballero, la vida humana parece devaluarse día tras día y todos parecen salir con los guantes para ir a pelear.
Todas esas cosas te hacen querer ir a vivir a un monte. Esta gente logra la paz mental a costas de no tener a nadie alrededor. Ese precio es alto y esa alternativa, extremista. Pero hay tanto imbécil dando vuelta que a veces uno quiere sobrevivir y se muere en el intento.
Millonadas de besos y siga agitando a las masas, Federicus.