miércoles, 30 de enero de 2008

martes, 29 de enero de 2008

Pero él es así...


S. [11:19]: lobo
d. [11:20]: que haces nene

[11:20]: Auto Respuesta de S.: "Busy"
S. [11:20]: aca en el laburo
S. [11:20]: todo bien vos?
d. [11:21]: si, tranca
d. [11:21]: con la cabeza en el viaje mas que nada
S. [11:21]: te iba a decir
S. [11:21]: me imagino

[...]

d. [11:53]: che, con x, ya se tratan con mas cariño, digo, te volvio a hablar mas seguido o te esta por agarrar la paranoia
S. [11:54]: me parece que hay mas cariño
S. [11:54]: que estamos un poco mas relajados
S. [11:54]: me hablo ayer y quedamos para el jueves
S. [11:54]: se me hace que es el extremo opuesto a las minas cargosas
S. [11:54]: ella tiene su vida
d. [11:55]: eso esta buenisimo
S. [11:55]: sus amigas
S. [11:55]: si
S. [11:55]: sus cosas
d. [11:55]: es lo mejor que te puede pasar
S. [11:55]: creo que si
d. [11:55]: que cada uno tenga su vida, que eso no se mezcle, salvo excepciones, eso es lo mas asano en cualqueir relacion
S. [11:56]: totalmente
S. [11:56]: espero que no exagere nomas
S. [11:56]: por ejemplo, no se si te conte, me dijo que hay cosas que epor ahi estaban mal pro eran sanas
S. [11:56]: algo asi
S. [11:56]: y la explicacion fue mas o menos esta
S. [11:57]: me dijo "si vos vas a un boliche y bailas con una mina, todo bien, por ahi la mina te gusta y todo"
d. [11:57]: mal pero sanas?
d. [11:57]: ah, si, eso me lo habias dicjo
S. [11:57]: supuestamente no tiene que pasar nada
d. [11:57]: jajaja
d. [11:57]: eso es genial
S. [11:57]: en los terminos en los que hablabamos yo le decia que si, que no me molestaba que baiolara pero punto
S. [11:57]: solo eso
S. [11:57]: y ella dijo, si calor
S. [11:57]: cklaro
S. [11:57]: claro
S. [11:57]: ah
d. [11:58]: jajja, ya te rescataste ahi
S. [11:58]: pense que no te habia dicho
S. [11:58]: jaja
S. [11:58]: es muy cariñosa, esta bueno, puedo estar con ella todo un fin de semana
S. [11:58]: no es poco
d. [11:58]: y no, para mi es lo ideal, unos dias a la semana, y despues cada uno con su vida
S. [11:59]: durante la semana se com,plica
S. [11:59]: los dos trabajamos temprano
S. [11:59]: tenemos actividades a la tarde
S. [11:59]: ayer empece pilates
d. [11:59]: jajajajajajajajajajajajajjajaja
S. [11:59]: ujaujujauja
d. [12:02]: bueno, ahora van a poder hacer competencias para ver quien tiene mas elongacion
S. [12:02]: jaja
S. [12:02]: y... si ella no me chupa la pija...
d. [12:02]: jajajajaja
d. [12:02]: s., te veo con tu propia escuela de pilates y de yoga, yo que vos lo voy pensando....
S. [12:03]: me lleno de guita

lunes, 28 de enero de 2008

jueves, 24 de enero de 2008

Licuados de bananas



En 1965, el año en que yo nací, J. D. Salinger publicaba su último relato. Hace cuarenta años que no manda a imprenta nada más. Sin embargo, dicen los que lo conocen, el papá de Holden y la familia Glass sigue escribiendo todos los días, por la mañana, en un cubículo de cemento construído especialmente para hacer su trabajo.
Hay un libro muy interesante que suele andar por las mesas de saldos. Es de Ian Hamilton y se llama Buscando a Salinger. Hamilton también es autor de una biografía de Robert Lowell. Pero con la del Buda de Cornish tuvo problemas. Los abogados de Salinger lo llevaron a juicio para impedir que el periodista publique la correspondencia íntima que tenía del escritor y -como cuenta sorprendido Hamilton- el mismo Salinger apareció ante la corte para ser interrogado por los fiscales. Salinger, dice Hamilton, era un hombre anciano, tenía un audífono y reconoció bajo juramento que seguía escribiendo y que tenía, por lo menos, dos relatos inéditos en una caja de seguridad. ¿Por qué no publica Salinger?
Se pueden buscar varias puntas: su último relato grande Seymour, una introducción era exclusivamente para ultrafanáticos. La prosa era pesada, el narrador se mostraba embobado por ese santo moderno llamado Seymour Glass y casi todo el panfleto sobre este muchacho que brillaba en “Un día perfecto para el pez banana” se volvía un tanto patológico. No había distancia entre el narrador y el personaje: Salinger se había enamorado de sus criaturas a las que conocía demasiado. Era como escuchar el relato de un loco hablándole a alguien invisible en la calle. Y lo que escuchábamos era aburrido. De alguna manera, J.D. atravesó el espejo y pasó a vivir entre sus creciones. ¿Para qué se necesita un lector, entonces?
Pero hay otra posibilidad: que para Salinger, escribir sea una forma de adquirir conocimiento: es decir, una forma de estar en el mundo. Cuando se escribe por una necesidad fisiológica y espiritual tampoco es necesario que haya lectores. Se escribe aunque nadie nos lea, se escribe, precisamente, para leer el relato de nuestras vidas y surfear en la gran incertidumbre: de dónde venimos, para qué estamos, adónde vamos. Como se ve, para este escritor en, digamos, estado puro, no son necesarios los lectores, los premios, las becas, los admiradores, nada: han llegado al Nirvana donde no hay esperanza ni dolor. Primero publicar, después escribir, primero escribir, después publicar: todas boludeces.
Hay otro caso curioso que, en algún lugar de mi imaginación, se cruza con Salinger: Federico Andahazi. Un verdadero pez banana, más bien un banana a secas. Cara de actor porno, suele fotografiarse montando motos inmensas y en otra fotografía que acabo de ver aparece en su estudio donde tiene enmarcadas sobre una pared las tapas de las ediciones de sus libros. El sólo nombre de Andahazi suele sacar de quicio a los escritores “serios”. Lo cual, lo confieso, me hizo sentir simpatía por el psicoanalista (¿es también psicólogo, no?). ¿Por qué irrita tanto Andahazi?
Lo cierto es que Andahazi, al igual que Salinger, tampoco publica libros. Es decir, lo que publica está vacío, es retórico, lleno de lugares comunes. Suele escribir con un ojo en lo que está sucediendo en el aire, para poder después aggiornarlo y venderlo en grandes tiradas. Es un provocador, dueño de una “literatura” que sólo se escribe en las revistas de mucho tiraje cuando suele dar reportajes. El efecto Andahazi, su literatura, está fuera de los libros que escribe. ¿Pero escribe? Acá la operación es inversa a la de Salinger: Andahazzi no escribe nada, los libros son escritos por los posibles lectores. Pero, la verdad, ¿Qué tiene de malo esto?
A diferencia de Salinger, Andahazi envasa y publica. Y sus libros salen en medio de una gran propaganda mediática. De golpe, para muchos, la literatura es casi como mirar el programa de Tinelli. Leemos unas hojas y nos vamos a dormir. Es una operación borgeana: para que exista Salinger en un extremo, tiene que estar Andahazi en el otro.

martes, 22 de enero de 2008

Tengo un plan...

Tengo un plan como el imbécil de James Blunt cuando compuso esa canción para ganar chicas que querían guerra con él, sin saber que él ya había participado en una guerra (la de Kosovo).
Tengo un plan y digo imbecilidades, porque los planes te hacen feliz, te hacen evadir la realidad y soñar con una mejor, porque después de todo.
Tengo un plan porque la gente cansada valora las sonrisas y tengo que seguir sonriendo antes de que YO me canse.
Tengo un plan y no debo envejecer jamás, o por lo menos, no deben envejecer mis planes, porque en un mundo en donde todo está hecho, industrializado, vendido, prostituido y multiplicado por mil, se valora la frescura.
Tengo un plan y quiero pan, un mejor pan y para eso quiero un mejor plan.
Tengo un plan y acudo a las letras, o a la linda voz, para que después lean las letras, y que también parezcan lindas.
Tengo un plan y hablo como una mongoloide, porque si mi plan funciona, voy a poder darme el lujo de hablar como una mongoloide todas las veces que quiera, total de todas formas, seré aplaudida.
Tengo un plan, y aunque como dicen "la vida es eso que pasa cuando uno hace planes", no voy a dejar de vivir la vida, sino esa porción de vida que me disgusta y que no es la vida, sino eso que te hacen creer que es la vida, porque las personas que equiparan esa porción rutinaria con la vida son funcionales a la NO vida.
Tengo un plan y espero que no sea trunco, espero que sea grande, que todo lo abarque y que deje de ser plan, que comience a ser pan y que haga mutar la sonrisa, destinada a extinguirse. Y que la frescura se renueve, porque va a ser otra, no la sonrisa de que el logro no importe, sino que el logro venga para borrar del plan la palabra plan.

sábado, 19 de enero de 2008

Ella es así

-Y de G. qué sabes.
-Está en la costa.
-¿Con el novio?
-¿El novio?
-Sí, el flaco ese que fue a la fiesta.
-Ah, el ex. No, ya no está con ese.
-Entonces anda con otro.
-Ella siempre anda con otro.
-...
-Ella es así, si quiere coger no se hace drama, va y coge.
-Pero a veces no quiere.
-Y... no. ¿Te sigue importando...?
-No, ni ahí, sólo que a mí me gustan las minas que cogen cuando quieren y cuando no, también.

viernes, 11 de enero de 2008

Fe de ratas

El día del aburrimiento.
El volver para no aburrirse.
El ver una luz lejana.
El sentir que se apagó en parte.
El error que precedió al acierto.
El error que no dejó vivirlo.
El viaje que nunca se hizo.
El sueño que aún así se tuvo.

Las palabras en lugar de besos.
Los abrazos sin hacerse carne.
Los días que no se planearon.
Las treguas que hicieron sonrisas.
Las mismas que no se repiten.
La fe que reemplaza promesas.
Las hojas en el calendario.
Los ojos que aún las cobijan.

La transición de una mente.
Lo estático de los cuerpos.
La visita a un museo propio.
La lágrima por otras risas.
El confort que reemplaza la eforia.
El confort que llegó sólo en parte.
La pregunta de si lo deseo.
La respuesta no es más que preguntas.

Los dados que una vez tentaron.
La apuesta que obedece al terco.
La nada que conduce al hambre.
El todo que perdura incierto.
Las puertas que hoy se cerraron.
El error que antecede al acierto.
La culpa del ojo vendado.
El arma que lo creyó muerto.

El error que mutiló su tacto.
El deseo de pegar sus manos.
El miedo a que prefiera algo.
La nada que yo represento.
El confort que reemplaza la euforia.
El confort que no atrapan mis dedos.
El error que fusiló al humano.
El viento que sopla con miedo.

Fe de ratas.

En este 2008, algo así, esperamos ver

miércoles, 9 de enero de 2008

Mujer puente

Nací de las maderas que, escudadas en un hilo,
pretenden no ser pedazos.
Prometo salvar al valiente del agua, o tal vez del abismo.
Mis movimientos obedecen a un vértigo ilusorio
que antecede a la verdad absoluta
que dura dos minutos, tal vez tres
y se oculta en la repetida idea de lo eterno.

La erosión y el desgaste no nublan la idea
de que los pies dan calor y son bellos.
Aunque si hubiera sentido una frente,
los ojos, entre los huecos,
compartirían, entre el caudal y el espacio,
aunque más no fuera por un segundo,
mi riesgo.

Sólo los pájaros anidan en las ramas.
La tierra es el objeto, sin importar si hay paz o guerra.
Es tierra y eso basta para los que miran al cielo
mientras imaginan que los pasos futuros
serán mejores que los presentes,
y lo mejor, según se dice,
es el peor enemigo de lo bueno.

Una mujer puente.

martes, 8 de enero de 2008

Felicidad

¿Cuándo fue la última vez que dijiste "sin duda esto es la felicidad"?*



*Esta es una encuesta hecha por gente que no tiene la más puta idea de qué es eso, o sea, la felicidad.

lunes, 7 de enero de 2008

Calor

Parecía, entonces, por lo que había dicho antes, que después del desencanto ya no quedaría sino la posibilidad de brillar.

Lo único que pretendo es sentir esa sensación de alivio y nada más.

Dejar de buscar, mucho más cuando lo que uno no quería, aparece solo.

y cuando pensábamos que eso era todo, las ruinas trajeron un poco más.

pero no había nada que hacer frente a tales ocurrencias: soñé que un dinosaurio azul se movía a un hipopótamo en la esquina de mi casa.

por eso tal vez mañana, nena, "quiero verte la cara".

y fue entonces cuando supe que lo mío era irremediable. The work is done.

domingo, 6 de enero de 2008

Banderas en tu corazón

and your shadow is not your shadow
but your reflection
Night poem, by Margaret Atwood


Empezaste a descarrilar tu camino en busca de la superficialidad. Te ibas perdiendo en el recorrido, y en ese viaje, el camino se traspasaba hacia la otra parte de tus coqueterías y apariencias. Te alejabas de los amigos, y estos no te reprochaban nada, sino que te incitaban a esas estupideces. Todos vanagloriaban tu dicha, y vos la querías por esa vanagloria, pero la verdad es que al fin de cuentas, cuando te ibas a acostar, no hacías más que extrañar los silencios cómodos que ellos te ofrecían en sus casas, en los bares, en cualquier esquina donde te los encontrabas. Eras un propotipo de la pseudointelectualidad, un asqueroso producto que terminaba llorando en un baño por no poder cumplir lo único que deseaba en la vida. Por eso empezaste a descarrilarte, a comer de cualquier lado que se te abriera como un hueco interesante para escapar de la soledad (?), o para escapar simplemente. Pero regresabas y no dormías, o lo hacías para el orto. Las intermitencias del sueño te hacían cerrar los ojos y ver todo lo enmarañado que estaba tu cabeza. Recordabas en una mujer las mejores sonrisas, pero no hacías más que eso, recordar las mejores sonrisas, sabiendo que no te importaba nada más que ese hueco. Recordabas en una mujer todo el amor que habías sentido, pero ahora la veías y después te alegrabas de que se fuera para no volver a sentir lo único sincero y sano que habías sentido en muchísimo tiempo. Recordabas a una mujer y también recordabas lo malo de las conversaciones, pero, aún más, todo lo pésimo que habías sido en la cama por todas otras miles de cosas en las que pensabas y porque también pensabas que todo era producto del calentamiento y nada más. Y entre todos esos recuerdos, no hacías más que recordar aquél llanto en el baño, en vísperas de una navidad de mierda, por algo que no fue, pero que bien podría haber sido, y que sólo se explica con un título: al fin, nene, te recibiste de cagón y entraste a recorrer el camino de la superficialidad. Ya no queda nada más para contar; lo único que persiste es esa sensación que ha tomado el lugar de tu sombra, que te ha hecho lastimar a diario a personas que decís, costantemente, querer, y que, cansadas ya de que las lastimes, lo único que sienten, cuando te ven, es la hipocresía infinita de la que estás hecho.
Y ahora venís y dejás en este espacio tus jueguetes perdidos, modulaciones completamente sinsentido.

miércoles, 2 de enero de 2008

bludi and japi niu iar

ya que estamos, y para salir del letargo, desde las jirafas les deseamos un muy feliz año...


martes, 18 de diciembre de 2007

Más allá de las fronteras, el final

El taxista hizo una vuelta en U y empezó a recorrer, desde la mano contraria, la 9 de Julio. Pasaron las avenidas Independencia, Belgrano, de Mayo y Rivadavia sin que nadie de los que estaba por allí les prestara atención. Luego vino Rivadavia y después Corrientes, y allí Felipao pudo ver cómo un auto se estrellaba contra un edificio y, rápidamente, un grupo comando de varios soldados se acercaba al auto, disparaba a mansalva para después robar cualquiera de los objetos que pudieran encontrar. Antes de llegar a Córdoba, el taxista disminuyó la velocidad y comenzó a mirar los alrededores. Como era de suponer, no había nadie, porque nadie que tuviera la posibilidad de escapar, regresaba al interior de la ciudad. ¿Está seguro de lo que va a hacer?, dijo Felipao. ¿Seguro?, estar seguro de algo en esta ciudad es un disparate, pero créame cuando le digo que éste es el mejor camino a seguir para llegar al aeropuerto. Cuando el auto dobló por la Avenida, Felipao sólo atesoró en su memoria la certeza de la circularidad imposible, del escape también imposible, del despreciado punto en que se había convertido Buenos Aires, la oscuridad de la que, Felipao ya bien lo sabía, no podría salir. Nunca. No dijo nada; las ruinas por las que transitaban hablaban por sí solas. La chica rubia permanecía en silencio; resignada, miraba la destrucción que también se revelaba sobre la Avenida Córdoba: edificios en ruinas, plazas desoladas, desvastadas, y gente que peregrinaba en busca de la única posibilidad que dejaba la nada. En los dos años que estuvo al poder, el Partido de los Escritores de Buenos Aires había llevado a una anarquía absoluta al reciente país. Cinco años antes de que eso sucediera, el resto de la Argentina ya se había independizado de la ciudad de Buenos Aires. No hubo guerras ni tampoco demasiados debates para llegar a esa decisión. Todo el mundo estaba cansado de los porteños (de sus políticas, de sus gastos, de sus gestos), y los porteños, por su parte, estaban cansados de todo. Las únicas negociaciones fueron para que parte del territorio del conurbano bonaerense se anexara a la Ciudad, y así fue que, después de algunos meses de idas y venidas y desproporciones anatómicas del territorio, los límites del nuevo país (Buenos Aires) quedaron establecidos en la cartografía mundial. Ningún rincón del mundo se había sorprendido por esta decisión; en verdad, a casi nadie le había importado, en especial porque lo sucedido respondía a una consecuencia inevitable de hechos encadenados que no podía más que arribar a esa solución tan instantánea, repetitiva y perfecta: si se había comenzado por colocar rejas alrededor de todas las plazas, haciendo luego lo propio con grupos de edificios, era lógico que al final se terminara por encerrar a toda la ciudad. Los primeros años no pasó demasiado, es más, la ciudad hasta incrementó sus ganancias. Se le abrieron las puertas a todos los negocios (tantos legales como ilegales) y ni siquiera hubo una posibilidad para darle un espacio a la añoranza y al padecimiento. En una hilera de burlas, combinada con disposiciones de matices épicos, la mayor alegría se sostuvo a partir de la seguridad y el control. En los primeros días algunos rememoraban un pasado, una historia, una repetición de alegorías. Pero a los pocos meses, la memoria se había reducido a los ridículos pasos que se daban durante el día y a los inquietantes sueños que se sucedían por las noches. El recuerdo de una historia, guerras, exterminios, torturas, la remembranza de un conjunto de caracteres que definían a toda una población pasó a ser un susurro comprendido por colores de sonrisas fugitivas. Un día alguien no recordó el desplazamiento del límite, al otro día nadie pareció afligido por lo que fue y ya no era, y una semana más tarde no se recordaba ni siquiera en las conversaciones de los bares lo que había más allá de las fronteras. Era olvido premeditado lo que se desplazaba por toda la ciudad y el nuevo país dispersaba sus raíces sobre ese suspiro imaginario. Pensaron en emular a las mejores democracias europeas, las mejores plataformas partidarias, las leyes más perfectas y las políticas más honestas, pero con el tiempo, todos se vieron en la construcción más alucinante que había tenido lugar sobre esa parte de territorio estancado en el planeta: cada habitante, conciente o no, fue partícipe de la cimentación de una fábula; cada hombre y cada mujer, cada niño y cada anciano aportaban una palabra que el hastío en el que había devenido la ciudad (el Estado), captaba, amedrentaba y volvía a escupir bajo un nuevo concepto: el olvido de lo que fue y la imposibilidad de pensar lo que será. En ese presente perfecto se fue construyendo la disonancia que terminó por aproximar al Partido de los Escritores al poder. El primer año fue un tanto desgraciado: el Primer Ministro escribía, rescribía y volvía a escribir, una y otra vez, y, al parecer, tantas veces más según las distintas combinaciones de palabras que se le cruzara por la cabeza, los discursos que pronunciaría en cada lugar donde estaba citado. Por ese motivo, durante todo el primer año no salió nunca de su despacho. Recién saldría por la fuerza, una vez que la policía lo sacase luego de que, en el Parlamento, se hubiese aprobado su destitución. En seguida se nombró otro Primer Ministro, también escritor. Como el anterior se dedicaba a la narrativa, y el nuevo era conocido sin reticencias como el poeta del momento en lengua española, pensaron que con eso solucionarían todo. En efecto, se equivocaron. A los seis meses, el ejército había tomado el control. La población se sublevó sin pensarlo, el Partido de los Escritores pareció despertar y también apoyó la revuelta. Pero al poco tiempo, los que no estaban muertos o presos, se habían decidido por el exilio. Con parte de la población diezmada y algunos edificios destruidos, el nuevo gobierno del nuevo país pensó que no le quedaba más que progresar. Ese fue el plan (el progreso), mecanismos de control dispersos por todos lados, cámaras de seguridad, policías, militares, una eficiencia que, posiblemente, podría haber asegurado el éxito en una ciudad. Pero ese ya no era más el destino de Buenos Aires, y así fue que el nuevo país se vio envuelto en la escasez total, en el hambre más radical que había conocido en toda su historia. Nada para sacar de ningún lado, dinero, comida, nada, tan sólo ruinas, a la izquierda, a la derecha, en el centro, frente a un edificio, al costado de una plaza, incluso hasta los animales parecían haber sido exterminados en Buenos Aires. Ni siquiera quedaban palomas. En verdad, lo fueron; después de la gran matanza, vino el asesinato desmedido de mascotas y, más tarde, hubo señales de antropofagia. Ninguna parte del mundo se atrevió a enviar ayuda, ningún organismo quiso intervenir. Nadie intentó aplacar las calles incendiadas de la ciudad que había devenido en país; tan sólo se facilitó la huida de ciertas personas notables, se mantuvo abierto el aeropuerto, pero sin ningún tipo de control en las rutas que iban hacia allí. Y mientras el taxi transitaba la Avenida Córdoba, en los ojos de la chica rubia la decadencia se fragmentaba en la disyunción de sus pupilas. No había nada que la preocupara más allá de la destrucción misma, y sin atender a la velocidad del auto, ni a las irregularidades de la calle, la chica rubia dijo: lo único que me queda es este cuerpo agotado que se ahoga en la tristeza.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Sobre la armonia de los sentidos

Toda felicidad humana es felicidad biologica.

Esto es estrictamente cientifico. A riesgo de ser mal interpretad, lo dire con mayor claridad: toda felicidad humana es sensoria. Admitamoslo de una vez, diciendo que el espitiru es una condicion del perfecto funcionamiento de las glandulas endocrinas. La felicidad, para mi, es en gran parte cuestion de digestion.

¿Ama alguien espititualmente a una mujer sin amarla fisicamente? Al fin toda mujer se siente mas feliz cuando esta bien vestida. Hay cierta cualidad de elevacion del alma en el lapiz labial, y una calma y buena disposicion espirituales en el conocimiento de estar bien vestida, y de las cuales no tiene asomo de idea un espiritualista.

Por estar hechos de carne mortal, la division que separa a nuestra carne de nuestro espitiru es sumamanete delgada, y el mundo del espiritu, con sus mas finas emociones y su mayor apreciacion de la belleza espiritual, no puede ser alcanzado sino con nuestros sentidos. No hay moralidad o inmoralidad en los sentidos del tacto, el oido y la vista. Es muy probable que nuestra perdida de capacidad para el goce de las alegrias de la vida se deba sobre todo a la disminucion de sensibilidad de nuestros sentidos.

Tengo la sospecha de que la razon por la cual cerramos voluntariamente los ojos a este mundo glorioso, vibrante con su propia sensualidad, es la de que los espiritualistas nos han llevado a temer los sentidos. Un tipo mas noble de filosofia deberia restablecer nuestra confianza en este hermoso organo receptor que tenemos y que llamamos cuerpo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

9 de Julio

Al entrar a la 9 de Julio recibieron el primer disparo. Siga, dijo Felipao. Ahora es usted el de las órdenes pelotudas, dijo el taxista, obvio que voy a seguir, si no sigo nos matan acá mismo. A los costados de la avenida sólo quedaban las ruinas de los edificios que alguna vez, al principio con admiración y luego con asco, Felipao solía contemplar todas las tardes del primer año en que se refugió en la ciudad, mucho antes de que se declarase la independencia. De los autos sólo quedaban esqueletos calcinados, y de las personas que aún habitaban esa zona, la voluntad para caminar en busca de algo de basura o comida. Deberíamos haber ido hacia el conurbano, ahí está la resistencia, dijo la chica rubia, alguien como vos les aportaría mucho. Alguien como yo sólo aportaría un negro dentro del grupo y la fascinación de todos tus amiguitos literatos, no me rompás las pelotas con boludeces, ¿querés?, bastante que conseguí que nos recibieran a los dos. Es gracioso escucharlo, dijo el taxista, habla como todos los porteños, pero con un acento de puta madre. Es escritor, ¿sabe? ¿Escritor?, dijo el taxista y frenó el auto de golpe. Qué pasa, dijo la chica. Ya sabés, con esa confesión nos embromaste a los dos, tenías mil formas para definirme, pero elegiste la peor, dijo Felipao. Se bajan ya, ustedes arruinaron este país. No voy a discutir eso, sólo puedo decirle que sí, alguna vez fui escritor, pero sólo llegué a vivir acá de pura casualidad, al igual que llegué de casualidad a la literatura, vuelvo a mi país, Brasil, luego de décadas, lo único que pretendo es pasar mis últimos días recordando el gusto de la cocaína que ya no puedo tomar, y viendo cómo mi piel consume todas y cada una de las partículas de los rayos de sol. El taxista, convencido por el argumento, reemprendió la marcha por la 9 de Julio, sólo que ahora imbuido en el silencio. Pasaron la avenida Belgrano, luego Independencia, pero cuando iban a subir a la autopista, se encontraron con que varios autos intentaban descender marcha atrás y sólo una rápida maniobra del taxista los salvó de un choque seguro. Siguieron unas cuadras más hasta que, luego de comprobar que en los alrededores estuviera todo tranquilo, se detuvieron junto al cordón. Tenemos dos opciones, esperar a que nos mate alguno de los ejércitos, o intentar llegar por otro camino, dijo el taxista. Me parece que es la oportunidad para volver, dijo la chica. Volver a dónde, en las valijas que nos robó el portero estaba todo lo nuestro, ahora sólo nos quedan pasaportes, dinero y pasajes; el otro camino va a estar bien.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Smoke on the city

Felipao, ¿lograremos escapar?, ¿debemos escapar? Si querés quedarte, problema tuyo, ya tomé una decisión, y es indeclinable, no sé cuánto tiempo me queda, no creo que mucho, en fin, mucho o poco, lo que importa es que quiero volver a Brasil. Señor, ya le guardé el equipaje, debo decirle que fue todo un placer haberlo servido durante todos estos años, y sin duda voy a extrañar su presencia en el edificio. Gracias. Felipao y una mujer joven y rubia salieron del edificio que quedaba frente a lo que era el Jardín Botánico. De verdad, ¿es necesario irnos, no te preocupa lo que va a pasar con lo que queda de la ciudad? ¿Me preguntás en serio?, me chupa un huevo lo que le pueda suceder a esta ciudad, mirá, incluso terminé hablando como ellos. ¿Adónde vamos?, dijo el taxista mientras comenzaba a recorrer la Avenida Santa Fe. Usted es medio pelotudo, ¿no vio todas las valijas que cargó el portero? ¿Valijas? Sí, val…, y antes de terminar de pronunciar la palabra, Felipao comprendió todo. Miró hacia atrás, no quedaba nada, tampoco había alguien que lo saludara. Sí, al aeropuerto, lo más rápido que pueda. Eso va a estar un poco complicado, todo el mundo va hacia allá. Haga lo que pueda, dijo Felipao, y luego miró a la chica y pensó en decirle “vos también hacé lo que puedas para relajarme”, pero permaneció en silencio y sólo atinó a acariciarla.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Espejo II

Estamos Reinterpretando la Historia


Retomando un poco los sagrados documentos .html de Robespierre, queremos decir que la mayoría de ellos nos parecen obsoletos y dignos de ser escritos por retrasados. Por tal razón no reconocemos ninguno como propio.

Cómo es esto?

Bueno, la cuestión es que pasó Toto, el revisionista, el otro día, por la quinta que tiene robespierre ubicada en Burzaco, en donde se emplazan entre otras cosas un centro de juego clandestino y un lupanar de mujeres todas teñidas de un color que no sea el suyo, teñimos a las coloradas de rubias, a las morochas de coloradas y a las rubias las pelamos. En este centro de juego a su vez son fuertes las apuestas que se hacen a las partidas de ludo, del juego de la vida y el estanciero, son bajas las apuestas al TEG y al burako y no se apuesta al póker por ser contrario a la moral y a las buenas costumbres.

Las apuestas son en lupines y en garbanzos sin hervir. La casa siempre gana.

Pasó Toto y se puso a contarnos todo lo que había leído de nosotros, escuchado de nosotros, lo que nosotros mismos habíamos dicho o escrito hace años. Trajo pruebas fehacientes muy comprometedoras! Documentos indubitables, fotografías de nosotros hace años evangelizando patos!

Pero bien, no nos dispersemos, Robespierre quiere hacer público que no se hace cargo de nada de lo que dice o escribe, y por supuesto, menos aún de lo que dijo o escribió. Nuestro testaferro Tito, a quien tuvimos que insolventar, vendiendo todos sus bienes el lunes último (su fiat duna mellizo en once por seis monedas de chocolate y una cajita de tic tacs, que comimos entre el martes y el jueves; y un horno pizzero sin anafe alguno, valuado en doce mil seiscientos australes que subastamos en subasta pública al mejor postor, quien dio por él doce ovillos de lana persa, que automáticamente donamos al Centro de Gatos Huérfanos de Belville) es el único responsable ante la ley por los dichos o textos que se le quieran adjudicar a Maximilien robespierre asurranceturix o razón social.

En Robespierre no tenemos pensado hacer una autocrítica ni encontrar culpables entre nosotros. Lo que pasó en el pasado seguramente es culpa de otro!


Ahora, 74 segundos de reflexión.








sábado, 1 de diciembre de 2007

Sangre

Cada vez que me interpelabas parecías clavarme los colmillos. Mi piel se resentía y mi corazón también. Los ojos blancos develaban un tiempo muerto y a pesar de que ya me quedaban pocos signos vitales, vos pedías más. Y mientras me debilitaba, no podía evitar preguntarme por qué preferías la sangre antes que el vino.
Después de todo, es el ruido de dos copas lo que podía hacernos inmortales. También el sentido del humor, como dijo un libro que alguna vez leí. Pero vos no podías concebir la inmortalidad para dos. Querías sangre.
Con cada interpelación mis brazos pesaban un poco más y estaban más cerca del suelo. Caía aunque estaba en pie y te odiaba. Creo que todavía te odio. Tampoco estoy segura. Puede que sólo des lástima.
Otra interpelación y las rodillas flojas presagiaban el final. Entonces, como todo aquel que está a punto de morir, recordé. Retazos espasmódicos, dispares, equívocos. Pero siempre con toda mi sangre. Pensé en un silencioso no... no siempre fue así... no debe ser así... no quiero que sea así...
Podías no haberme interpelado y hubieramos ganado los dos. Podías haberte reído un poco y nada hubiese pasado. Podías no haber pensado que la satisfacción radicaba en contar los agujeros que podían llenar el Albert Hall... Podías.
Pero no. No sé como habrá sido tu espasmo. Es posible que en los retazos te hayas puesto plataformas para ser más alto. Y que hayas imaginado a un enano junto a vos contra el centímetro en la pared. Porque nunca podías imaginarte grande sin compararte. Nunca si estabas solo.
Por eso querías sangre. Mis ojos se aclaraban y vos pensabas en elevarte. Entonces te respondí, sin gritos, sin pausas, sin pedirte piedad y sin dártela tampoco...
Y en tu espasmo lo descubriste. La inmortalidad no era para vos.