¿No es terrible cuando se llora y ni siquiera se sabe por qué? ¿No es aún más terrible cuando ese llanto llega con palpitaciones y ni siquiera puede controlarse? ¿No es peor cuando no discrimina ni espacio, ni tiempo y te deja sin lugar donde esconderte, en plena exposición? ¿No es fatal cuando lo verdadero de la incertidumbre le gana a la falsedead de las sonrisas? Llorar y no saber por qué, o saberlo, pero también con la certeza de saber algo peor, que es ni más ni menos que el hecho de no poder expresarlo en palabras, porque si acaso se lo intentara frente a algún otro cuerpo que no fuera una pared, significaría exponerse aún más, escuchar las voces de los falsos idóneos que pronostican tu locura.
Algo es real, algo duele, sin embargo en el momento de sacarlo afuera, solo frases sin sentido. Frases que podrían asemejarse al preconcepto de que tu vida nunca fue tu vida, que alguien la vio llegar antes, incluso se tomó el atrevimiento de moldearla. Ese mismo alguien, lo suficientemente mejor que vos para haber creado tu propia vida, todavía encontró algo bueno en tu pequeña figura que, ante los ojos de los ciegos a los que estamos acostumbrados y somos todos, no tenía mucho de especial. Entonces el alguien, que siempre tendrá las puertas abiertas por el mero hecho de crear vidas, te sonríe y de un manotazo te lo quita. Y entonces lo tiene todo. Y entonces, no tenés nada. Podría habérselo creado también y adjudicárselo, pero se le olvidó, o no quiso, o, simplemente, pensó que nunca necesitaría eso que, admirado, solía ver en vos pero que ahora no tenés.
¿Y entonces qué me queda? ¿Qué-me-que-da? ¿q-u-e-m-e-q-u-e-da?, digo en silencio, porque por expuesta ni siquiera lo puedo decir. Intento dividir las palabras para extraer todo tipo de significado, porque el significado es demasiado difícil de digerir. Sé que queda algo, no lo digo con orgullo, sino con un poco de tristeza. Porque sé que lo que queda es esa conciencia de ser una pequeña figura, no del todo especial, que por ser en apariencia no del todo especial, jamás podría enaltecerse en el reino de los ciegos a los que estamos acostumbrados y somos todos. En esa mezcla de llanto y palpitaciones, en donde no queda ningún segundo para las reflexiones baratas, la culpa o el odio, llorás por eso que alguna vez tuviste y ya no tenés. Pensás en ese alguien que vió tu vida mucho antes y ahora lo tiene todo, pero como siempre lo tuvo, ni siquiera se permite sonreir. Sonreír: lo que resultaría el contrapeso ideal para lograr el equilibrio de tu llanto solitario, con palpitaciones y sin otro cuerpo palpable que el de una pared.
Mostrando entradas con la etiqueta LMJ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LMJ. Mostrar todas las entradas
jueves, 21 de febrero de 2008
sábado, 1 de diciembre de 2007
Sangre
Cada vez que me interpelabas parecías clavarme los colmillos. Mi piel se resentía y mi corazón también. Los ojos blancos develaban un tiempo muerto y a pesar de que ya me quedaban pocos signos vitales, vos pedías más. Y mientras me debilitaba, no podía evitar preguntarme por qué preferías la sangre antes que el vino.
Después de todo, es el ruido de dos copas lo que podía hacernos inmortales. También el sentido del humor, como dijo un libro que alguna vez leí. Pero vos no podías concebir la inmortalidad para dos. Querías sangre.
Con cada interpelación mis brazos pesaban un poco más y estaban más cerca del suelo. Caía aunque estaba en pie y te odiaba. Creo que todavía te odio. Tampoco estoy segura. Puede que sólo des lástima.
Otra interpelación y las rodillas flojas presagiaban el final. Entonces, como todo aquel que está a punto de morir, recordé. Retazos espasmódicos, dispares, equívocos. Pero siempre con toda mi sangre. Pensé en un silencioso no... no siempre fue así... no debe ser así... no quiero que sea así...
Podías no haberme interpelado y hubieramos ganado los dos. Podías haberte reído un poco y nada hubiese pasado. Podías no haber pensado que la satisfacción radicaba en contar los agujeros que podían llenar el Albert Hall... Podías.
Pero no. No sé como habrá sido tu espasmo. Es posible que en los retazos te hayas puesto plataformas para ser más alto. Y que hayas imaginado a un enano junto a vos contra el centímetro en la pared. Porque nunca podías imaginarte grande sin compararte. Nunca si estabas solo.
Por eso querías sangre. Mis ojos se aclaraban y vos pensabas en elevarte. Entonces te respondí, sin gritos, sin pausas, sin pedirte piedad y sin dártela tampoco...
Y en tu espasmo lo descubriste. La inmortalidad no era para vos.
Después de todo, es el ruido de dos copas lo que podía hacernos inmortales. También el sentido del humor, como dijo un libro que alguna vez leí. Pero vos no podías concebir la inmortalidad para dos. Querías sangre.
Con cada interpelación mis brazos pesaban un poco más y estaban más cerca del suelo. Caía aunque estaba en pie y te odiaba. Creo que todavía te odio. Tampoco estoy segura. Puede que sólo des lástima.
Otra interpelación y las rodillas flojas presagiaban el final. Entonces, como todo aquel que está a punto de morir, recordé. Retazos espasmódicos, dispares, equívocos. Pero siempre con toda mi sangre. Pensé en un silencioso no... no siempre fue así... no debe ser así... no quiero que sea así...
Podías no haberme interpelado y hubieramos ganado los dos. Podías haberte reído un poco y nada hubiese pasado. Podías no haber pensado que la satisfacción radicaba en contar los agujeros que podían llenar el Albert Hall... Podías.
Pero no. No sé como habrá sido tu espasmo. Es posible que en los retazos te hayas puesto plataformas para ser más alto. Y que hayas imaginado a un enano junto a vos contra el centímetro en la pared. Porque nunca podías imaginarte grande sin compararte. Nunca si estabas solo.
Por eso querías sangre. Mis ojos se aclaraban y vos pensabas en elevarte. Entonces te respondí, sin gritos, sin pausas, sin pedirte piedad y sin dártela tampoco...
Y en tu espasmo lo descubriste. La inmortalidad no era para vos.
lunes, 26 de noviembre de 2007
La sonrisa del sí
Nunca quisiste escaparte. Sólo los que fluyen no quieren escapar. Tu sonrisa fue como el sí de Yoko Ono que no necesitó ni una lupa ni lentes de aumento. La verdad estaba en tu imagen que se cruzó ante mí en ese día que nunca se hizo esperar, porque esa clase de días jamás se esperan.
¿Cómo esperarlos si todos los deseos quedan chicos ante esos días? Ellos, a diferencia de vos, se escapan porque se reconocen equivocados, no pueden soportar la humillación, y menos, tanta belleza.
Entonces después del sí y en cuestión de segundos comprendo lo que significa conocerte sin hacer preguntas. Y entiendo el método como la única manera de conocerse. Nos contamos porciones de nuestras vidas sin adoptar ninguna de ellas para mostrarnos ante el mundo. Sólo fueron hojas arrancadas del almanaque y no nos queda más que vivir las nuevas.
Por eso te recuerdo con la sonrisa del sí y agradezco el hecho de no necesitarte. Sé que tampoco me necesitás y por eso también me siento agradecida. Cuando volvamos a encontrarnos seguro hablaremos de cómo nos transforman los días y olvidaremos hablar del yo: de nuestras ideas, de lo que nos gusta, de lo que odiamos y lo que merecemos. No lo haríamos porque sin siquiera decirlo, sabemos que esas son las cosas que aprisionan al ser humano en una época en que todos quieren lucir la mascarilla de libres.
Entonces el discurso se convierte en un enemigo demasiado débil. La envidia, en una consecuencia inevitable. La risa, en una canción que consideramos nuestra y la libertad, en tu cuerpo y en el mío.
Porque sólo la verdadera libertad te asegura que esté a tu lado por siempre. Si el cuerpo está ausente me convertiré en recuerdo. Y si las hojas futuras lo deparan, nos volveremos a ver, felices. Y sabremos que ni el tiempo ni las circunstancias podrán opacar la belleza que significa la sonrisa del sí.
¿Cómo esperarlos si todos los deseos quedan chicos ante esos días? Ellos, a diferencia de vos, se escapan porque se reconocen equivocados, no pueden soportar la humillación, y menos, tanta belleza.
Entonces después del sí y en cuestión de segundos comprendo lo que significa conocerte sin hacer preguntas. Y entiendo el método como la única manera de conocerse. Nos contamos porciones de nuestras vidas sin adoptar ninguna de ellas para mostrarnos ante el mundo. Sólo fueron hojas arrancadas del almanaque y no nos queda más que vivir las nuevas.
Por eso te recuerdo con la sonrisa del sí y agradezco el hecho de no necesitarte. Sé que tampoco me necesitás y por eso también me siento agradecida. Cuando volvamos a encontrarnos seguro hablaremos de cómo nos transforman los días y olvidaremos hablar del yo: de nuestras ideas, de lo que nos gusta, de lo que odiamos y lo que merecemos. No lo haríamos porque sin siquiera decirlo, sabemos que esas son las cosas que aprisionan al ser humano en una época en que todos quieren lucir la mascarilla de libres.
Entonces el discurso se convierte en un enemigo demasiado débil. La envidia, en una consecuencia inevitable. La risa, en una canción que consideramos nuestra y la libertad, en tu cuerpo y en el mío.
Porque sólo la verdadera libertad te asegura que esté a tu lado por siempre. Si el cuerpo está ausente me convertiré en recuerdo. Y si las hojas futuras lo deparan, nos volveremos a ver, felices. Y sabremos que ni el tiempo ni las circunstancias podrán opacar la belleza que significa la sonrisa del sí.
martes, 16 de octubre de 2007
Personajes
Fin de la conversación telefónica:
-Pasa que somos tan reales que la gente nos ve como personajes, por eso nunca seremos tomados en serio - dijo ella.
-Es verdad, nunca lo seremos, pero no estoy tan descontento con eso - dijo él.
-Y bueno, seguiremos siendo putitas.
-Seguiremos.
-Te mando un beso.
-Te quiero mucho.
En la heladera de ella está el champagne. Un regalo que iba a ser compartido. Pero antes estuvo el vino, la cerveza, el cigarrillo de marihuana y el amor que se amoldaba con la música y se burlaba de la televisión. Esto es un buen momento, pensó ella. Tampoco necesitaba decirlo, estaba a la vista. La misma sed lo demostraba. La sed de los que no tienen miedo a morir, sino la de los que tienen miedo de no poder vivir ni un poco. La sed era grande, pero también lo fue la abundancia. Fue grande por lo sorpresiva. La abundancia siempre la sorprende: no la conoce, no la vive, pero a veces la experimenta. Es por eso que se mostró agradecida. Lo decía su cuerpo, su boca, su armada y también su redención. Los ojos de ese que había traído el champagne también se mostraron agradecidos, tal vez porque sabía lo que era la abundancia, pero no había conocido a nadie que la disfrutara tanto. Entonces el champagne quedó para otro momento, la sed ya había sido satisfecha, pero también la botella en la heladera oficiaba de símbolo para un nuevo encuentro en el que sí compartirían el regalo.
El se topó con Verónica, o tal vez con Veronika, suena más extranjero, más glamoroso, más exótico. En realidad Verónica o Veronika es un nombre lleno de libertad para mutar por el simple motivo de que es falso. Verónica o Veronika responde a un nombre masculino, según lo dice el Documento Nacional de Identidad. Pero ni su voz o mucho menos sus caderas se identificaban con ese nombre elegido por sus padres y escrito por un empleado público de vientre abultado. La sed de Verónica (o sus variaciones que no volveré a mencionar) lo llevó a él a encontrarse con su propia sed: la de ser otra persona. Verónica pedía a gritos esa semilla de maldad para enfrentarse con un mundo un tanto más grande que el de su propia casa. Parecía ofrecer su espalda para el duro látigo de la palabra y así convertirse en esa mujer que tiene las riendas, pero no las muestra. Para cada insulto de él y también para cada elogio, la respuesta de Verónica se mantenía uniforme: cómo me calentás.
Cuando ella se encontró con él, se creía salvada. No podrían estar juntos porque ambos habían elegido el mismo camino. Pero al menos él daba hasta lo que no tenía y ella también. El vivía de forma intensa, y en eso también coincidían Pero por sobre todas las cosas él podía verla tal cual era. Siempre le parecieron antipáticos los que vieron sólo los defectos o sólo las virtudes. Incluso en muchas ocasiones esas dos clases de personas se alojaban en un mismo hombre, sólo que en etapas distintas. Virtudes en la idealización. Defectos cuando la mujer se hacía carne. Pero con él no pasaba eso. De una manera insual se sintió amada. La carencia no volvería a entrometerse en el banal camino de la vida. Lo importante ya estaba de su lado. Por eso, con la ayuda de él y con el pensamiento en blanco, le dió la bienvenida a ese otro que le trajo el champagne.
Alemán, 30 años: un CK One versión limitada, cítrica, para el verano. Alemán, 40 años: una caja de bombones en forma de corazón y la obra de Göethe en su idioma original. Inglés, 33 años: una lapicera Mont Blanc. Argentino, 25 años: un cristal de murano. Estadounidense, 42 años: un compact grabado y una carta con una excusa estúpida. Este es mi rincón de los recuerdos, como verás, soy una putita, dijo él. Creo que voy siguiendo tus pasos, dijo ella al recordar el champagne. Una botella llena que esperaba la sed de un llamado, un elemento para construir el propio altar. Pensó que un regalo es la mejor manera de dejar la última huella cuando no se vuelve y recordó a ese que lo había traído, para el cual el momento también había sido bueno. Parece que te los cogés muy bien, dijo ella al reír, cuando en realidad pensaba: también reconocen la sed en vos.
A veces pienso que los hombres que tuve no salieron conmigo porque le gustaban mis tetas, salieron conmigo porque más bien me las envidiaban, dijo ella. El comenzó a reír. Hablo en serio, las tetas son una gran metáfora, pero bueno, siento que codiciaban ese rasgo mío que también veo en vos. ¿Qué rasgo? La intensidad con la que vivo las cosas. Bueno, la gente está muy aburrida, dijo él. ¿No te parece que nada es real en estos tiempos? ¿Por qué lo decís? Porque las cosas se sufren hasta ahí y se disfrutan hasta ahí, pelear no significa nada, crecer no significa nada, luchar no significa nada, coger no significa nada, amar no significa nada. Es verdad, la belleza y el amor están muy devaluados y la inspiración de muchos se transforma en la vergüenza de nuestros tiempos. Tal cual, y lo peor de todo es que por ser una persona real te tildan de personaje. Tal vez denominan personaje a todo lo que no es usual. Ambos se quedaron en silencio por unos segundos ¿Sabés que pienso?, dijo ella ¿Qué? Que el amor de los hombres a veces tiene demasiadas cosas en común con los celos de las mujeres. No pienses así, pero contame de tu vida ¿tomaste el champagne? No, no entiendo por qué no llama, él no tiene nada que envidiarme.
Tengo miedo de que Verónica me deje, dijo él. No te va a dejar. Es que no puedo sostener siempre una impostada maldad, el otro día me puse a llorar después de que me regaló una camisa, me sentí mal y é dijo que no tenía sentido, que quiso hacerme ese regalo. Claro que quiso. Pero yo le dije que el regalo de él, como todos los demás, eran inducidos. ¿Y qué te dijo? Nada, se puso a llorar también, es que cuando lo conocí quise saber que era estar del otro lado, del lado alemán, estadounidense, inglés; muchas veces estuve en su situación y ví en su cara inexperta la oportunidad de redimirme. Pero ahora te estás dando cuenta que siempre quisiste un par, que no querés que te basureen, pero tampoco querés basurear. Tal cual, y si quiebro, tengo miedo de que me deje, él dice que no, pero yo sé que sí; la verdad a veces es difícil de asimilar, pero me cuesta sostener este personaje todos los días.
Antes del fin de la conversación telefónica:
-Che, te dejo porque Verónica está mirando el piso con cara de tristeza.
-No te dejes engañar, te mira el bulto.
-No te creas, tenés que mirarle la cara de chica enamorada entristecida porque no la miro durante la caminata.
-Te estás convirtiendo en un pollerudo.
-Puede que sea real, pero mejor te lo reconozco cuando nos veamos.
-Pasa que somos tan reales que la gente nos ve como personajes, por eso nunca seremos tomados en serio - dijo ella.
-Es verdad, nunca lo seremos, pero no estoy tan descontento con eso - dijo él.
-Y bueno, seguiremos siendo putitas.
-Seguiremos.
-Te mando un beso.
-Te quiero mucho.
En la heladera de ella está el champagne. Un regalo que iba a ser compartido. Pero antes estuvo el vino, la cerveza, el cigarrillo de marihuana y el amor que se amoldaba con la música y se burlaba de la televisión. Esto es un buen momento, pensó ella. Tampoco necesitaba decirlo, estaba a la vista. La misma sed lo demostraba. La sed de los que no tienen miedo a morir, sino la de los que tienen miedo de no poder vivir ni un poco. La sed era grande, pero también lo fue la abundancia. Fue grande por lo sorpresiva. La abundancia siempre la sorprende: no la conoce, no la vive, pero a veces la experimenta. Es por eso que se mostró agradecida. Lo decía su cuerpo, su boca, su armada y también su redención. Los ojos de ese que había traído el champagne también se mostraron agradecidos, tal vez porque sabía lo que era la abundancia, pero no había conocido a nadie que la disfrutara tanto. Entonces el champagne quedó para otro momento, la sed ya había sido satisfecha, pero también la botella en la heladera oficiaba de símbolo para un nuevo encuentro en el que sí compartirían el regalo.
El se topó con Verónica, o tal vez con Veronika, suena más extranjero, más glamoroso, más exótico. En realidad Verónica o Veronika es un nombre lleno de libertad para mutar por el simple motivo de que es falso. Verónica o Veronika responde a un nombre masculino, según lo dice el Documento Nacional de Identidad. Pero ni su voz o mucho menos sus caderas se identificaban con ese nombre elegido por sus padres y escrito por un empleado público de vientre abultado. La sed de Verónica (o sus variaciones que no volveré a mencionar) lo llevó a él a encontrarse con su propia sed: la de ser otra persona. Verónica pedía a gritos esa semilla de maldad para enfrentarse con un mundo un tanto más grande que el de su propia casa. Parecía ofrecer su espalda para el duro látigo de la palabra y así convertirse en esa mujer que tiene las riendas, pero no las muestra. Para cada insulto de él y también para cada elogio, la respuesta de Verónica se mantenía uniforme: cómo me calentás.
Cuando ella se encontró con él, se creía salvada. No podrían estar juntos porque ambos habían elegido el mismo camino. Pero al menos él daba hasta lo que no tenía y ella también. El vivía de forma intensa, y en eso también coincidían Pero por sobre todas las cosas él podía verla tal cual era. Siempre le parecieron antipáticos los que vieron sólo los defectos o sólo las virtudes. Incluso en muchas ocasiones esas dos clases de personas se alojaban en un mismo hombre, sólo que en etapas distintas. Virtudes en la idealización. Defectos cuando la mujer se hacía carne. Pero con él no pasaba eso. De una manera insual se sintió amada. La carencia no volvería a entrometerse en el banal camino de la vida. Lo importante ya estaba de su lado. Por eso, con la ayuda de él y con el pensamiento en blanco, le dió la bienvenida a ese otro que le trajo el champagne.
Alemán, 30 años: un CK One versión limitada, cítrica, para el verano. Alemán, 40 años: una caja de bombones en forma de corazón y la obra de Göethe en su idioma original. Inglés, 33 años: una lapicera Mont Blanc. Argentino, 25 años: un cristal de murano. Estadounidense, 42 años: un compact grabado y una carta con una excusa estúpida. Este es mi rincón de los recuerdos, como verás, soy una putita, dijo él. Creo que voy siguiendo tus pasos, dijo ella al recordar el champagne. Una botella llena que esperaba la sed de un llamado, un elemento para construir el propio altar. Pensó que un regalo es la mejor manera de dejar la última huella cuando no se vuelve y recordó a ese que lo había traído, para el cual el momento también había sido bueno. Parece que te los cogés muy bien, dijo ella al reír, cuando en realidad pensaba: también reconocen la sed en vos.
A veces pienso que los hombres que tuve no salieron conmigo porque le gustaban mis tetas, salieron conmigo porque más bien me las envidiaban, dijo ella. El comenzó a reír. Hablo en serio, las tetas son una gran metáfora, pero bueno, siento que codiciaban ese rasgo mío que también veo en vos. ¿Qué rasgo? La intensidad con la que vivo las cosas. Bueno, la gente está muy aburrida, dijo él. ¿No te parece que nada es real en estos tiempos? ¿Por qué lo decís? Porque las cosas se sufren hasta ahí y se disfrutan hasta ahí, pelear no significa nada, crecer no significa nada, luchar no significa nada, coger no significa nada, amar no significa nada. Es verdad, la belleza y el amor están muy devaluados y la inspiración de muchos se transforma en la vergüenza de nuestros tiempos. Tal cual, y lo peor de todo es que por ser una persona real te tildan de personaje. Tal vez denominan personaje a todo lo que no es usual. Ambos se quedaron en silencio por unos segundos ¿Sabés que pienso?, dijo ella ¿Qué? Que el amor de los hombres a veces tiene demasiadas cosas en común con los celos de las mujeres. No pienses así, pero contame de tu vida ¿tomaste el champagne? No, no entiendo por qué no llama, él no tiene nada que envidiarme.
Tengo miedo de que Verónica me deje, dijo él. No te va a dejar. Es que no puedo sostener siempre una impostada maldad, el otro día me puse a llorar después de que me regaló una camisa, me sentí mal y é dijo que no tenía sentido, que quiso hacerme ese regalo. Claro que quiso. Pero yo le dije que el regalo de él, como todos los demás, eran inducidos. ¿Y qué te dijo? Nada, se puso a llorar también, es que cuando lo conocí quise saber que era estar del otro lado, del lado alemán, estadounidense, inglés; muchas veces estuve en su situación y ví en su cara inexperta la oportunidad de redimirme. Pero ahora te estás dando cuenta que siempre quisiste un par, que no querés que te basureen, pero tampoco querés basurear. Tal cual, y si quiebro, tengo miedo de que me deje, él dice que no, pero yo sé que sí; la verdad a veces es difícil de asimilar, pero me cuesta sostener este personaje todos los días.
Antes del fin de la conversación telefónica:
-Che, te dejo porque Verónica está mirando el piso con cara de tristeza.
-No te dejes engañar, te mira el bulto.
-No te creas, tenés que mirarle la cara de chica enamorada entristecida porque no la miro durante la caminata.
-Te estás convirtiendo en un pollerudo.
-Puede que sea real, pero mejor te lo reconozco cuando nos veamos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)