Con las mininas vengo afiladooo, pero paradojicamente* toy con las argentinas, primero enganche a una en el avion y despues pegue una perraaa en la playa q es preciosa, ayer me la cogi en el depto, imaginate lo buena q esta, que los chicos me dejaron el depto sin problemas, y cdo la ven en la playa me felicitan, tiene un culo Reef q es una cosa de lokossssss, quiero garcharla las 24 horas
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lunes, 28 de diciembre de 2009
La alegría sigue siendo brasilera
A la pregunta de cómo le estaba yendo en su viaje por Brasil, nuestro amigo contestó, entre otras cosas, lo siguiente:
*Lo de paradójico remite a que, cuando anda por Argentina, normamente intercambia palabras, caricias y fluidos con mujeres brasileñas.
jueves, 28 de mayo de 2009
martes, 3 de marzo de 2009
Febrero à la cubana
De la ausencia de un mes podemos rescatar lo siguiente...
Mientras esperábamos el avión hacia La Habana, el aeropuerto de San José nos prevenía de las drogas...
Finalmente, llegamos a Cuba. Hacía frío, estaba nublado, cada tanto lloviznaba, y así, mientras el imaginario de arena blanca, mar azul y sol radiante construido durante años de enseñanza privada y pública se desmoronaba, nos hacíamos un tiempito para visitar el Capitolio.
Obvio, entramos y vimos a esta señorita.
También vimos un partido de baseball y...
... y cansados de tanta ciudad, nos sacamos la careta y nos fuimos directo a la playa.
Conocimos a una gran compañera, La Chancha...
Y hasta hicimos snorkeling.
Días más tarde, fuimos de visita a ver los restos del Che. Cuando quisimos sacarnos una foto, el loco se retovó y se hizo el difuso...
Finalmente regresamos a La Habana para esperar nuestra partida. Por suerte, la isla nos despedía a puro sol.
Luego de Cuba nos dimos una vuelta por Puerto Viejo, Costa Rica. Ciertas sustancias, alcohol y playa nos hicieron olvidar de la máquina de fotos, por lo que no quedó ningún registro de aquella travesía. Sólo hubo tiempo para, en el aeropuerto de Lima, mientras hacíamos de todo para matar seis horas de espera, retratar la época digital.
Mientras esperábamos el avión hacia La Habana, el aeropuerto de San José nos prevenía de las drogas...
Finalmente, llegamos a Cuba. Hacía frío, estaba nublado, cada tanto lloviznaba, y así, mientras el imaginario de arena blanca, mar azul y sol radiante construido durante años de enseñanza privada y pública se desmoronaba, nos hacíamos un tiempito para visitar el Capitolio.
Obvio, entramos y vimos a esta señorita.
También vimos un partido de baseball y...
... y cansados de tanta ciudad, nos sacamos la careta y nos fuimos directo a la playa.
Conocimos a una gran compañera, La Chancha...
Y hasta hicimos snorkeling.
Días más tarde, fuimos de visita a ver los restos del Che. Cuando quisimos sacarnos una foto, el loco se retovó y se hizo el difuso...
Finalmente regresamos a La Habana para esperar nuestra partida. Por suerte, la isla nos despedía a puro sol.
Luego de Cuba nos dimos una vuelta por Puerto Viejo, Costa Rica. Ciertas sustancias, alcohol y playa nos hicieron olvidar de la máquina de fotos, por lo que no quedó ningún registro de aquella travesía. Sólo hubo tiempo para, en el aeropuerto de Lima, mientras hacíamos de todo para matar seis horas de espera, retratar la época digital.
martes, 19 de febrero de 2008
sábado, 16 de febrero de 2008
Lo natural
Huaraz implica una reducción de la supervivencia transformada en una carcaza superadora, con más o menos color -según la perspectiva de uno-, en el centro de una provincia que, con una velocidad apaciguadora de la existencia, emprende lo alienante de lo natural. Es esa sensación la que depara la ciudad y la violencia -la ciudad y la violencia de la que estoy hecho-, un punto de desencuentro absoluto con el medio, la naturaleza misma, un desencuentro que se pronlonga, incluso, hacia el otro. No es una novedad: la ciudad nos encacerla, nos vuelve adictos a su velocidad -un tiempo alejado de todo tempo- y a la violencia, nos acurruca con las comodidades y la imposibilidad de experiencia, consiguiendo un adormecimiento que se eleva como el testimonio de lo que nunca, jamás, será; es decir, nos somete a una reducción insignificante del sistema.
Frente a lugares como Huaraz, donde el paisaje es todo -así como también lo es, en su población, la radiografía de Latinoamérica- la insignificancia de uno frente al mundo adquiere otro sentido. Ya no es la imposibilidad de desarrollarse en lo imaginario, sino que la constancia de lo natural se revela como una potencia abarcadora y absoluta, compaginada por una introspección que, al someternos a la cotidianeidad del relato de nuestras vidas -donde la frialdad es la moneda corriente de la prestidigitación de los sentidos-, provoca la nobleza y el desencadenamiento de lo que siempre estuvo y estará -incluso cuando desaparezcamos por completo-: el mundo natural.
Ya no quedan espacios para precipitaciones de angustia y soledades compungidas. Los recuerdos desaparecen, se transforman o se hacen más intensos, pero los ojos son los que intercambian reacciones y las palabras las que las modifican.
Nacimos apuñalados por la esperanza de seguridad y el deseo de competencia. Y en ese desempeño de lo atroz, en los espacios del mundo que sometemos a la pobreza -pero que de todos modos llenamos de teléfonos celulares y acceso a internet-, la proyección de lo natural se impone como la meca del olvido.
Frente a lugares como Huaraz, donde el paisaje es todo -así como también lo es, en su población, la radiografía de Latinoamérica- la insignificancia de uno frente al mundo adquiere otro sentido. Ya no es la imposibilidad de desarrollarse en lo imaginario, sino que la constancia de lo natural se revela como una potencia abarcadora y absoluta, compaginada por una introspección que, al someternos a la cotidianeidad del relato de nuestras vidas -donde la frialdad es la moneda corriente de la prestidigitación de los sentidos-, provoca la nobleza y el desencadenamiento de lo que siempre estuvo y estará -incluso cuando desaparezcamos por completo-: el mundo natural.
Ya no quedan espacios para precipitaciones de angustia y soledades compungidas. Los recuerdos desaparecen, se transforman o se hacen más intensos, pero los ojos son los que intercambian reacciones y las palabras las que las modifican.
Nacimos apuñalados por la esperanza de seguridad y el deseo de competencia. Y en ese desempeño de lo atroz, en los espacios del mundo que sometemos a la pobreza -pero que de todos modos llenamos de teléfonos celulares y acceso a internet-, la proyección de lo natural se impone como la meca del olvido.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Adiós a la selva
Lima depara contradicciones que resultan, para un desconocido, incapaces de sostener. No hay un paso intermedio: de la pobreza, que en este lugar sería la normalidad, uno, de pronto, pasa a situarse en un paraíso. Como se sabe, todo paraíso se sostiene desde una ficción, el complemento imaginario para que subsista, sobre la sangre, las paredes que ocultan los lamentos. San Isidro, Barranco, Miraflores, paso a paso cada uno de los distritos revelan la sensación de violencia contenida que se aspira y exhala por toda la ciudad. Y es esa misma ciudad la que provoca la división de existencias, y es, a la vez, en esa separación radical donde el presagio de la desaparición (de una ciudad, de un país, de un modelo) se avecina. En Lima está Miami (imaginada), pero en Lima también está Lima, donde la subsistencia es la única posibilidad que se inscribe en las calles, en los negocios, en la gente misma.
El complemento de inseguridad (otro ladrillo imaginado), detrás de la división, va de la mano con la violencia ínsita en cualquier ciudad. Y es en un lugar como éste donde se vive la presencia de lo imaginario como transformador o, mejor dicho, como creador de la realidad. Aquí nadie parece tener la necesidad de expiar culpas. Nadie las tiene, y si bien la realeza jamás existió en Latinoamerica -al menos no desde su completa independencia- la servidumbre es algo que se palpa en cada esquina. Basta con pagar un sueldo para pasar a ser el amo, y el otro -dentro de esa relación que crea otra ficción, el dinero-, un simple acatador. Las órdenes son directas, precisas, gritadas. Las órdenes son cumplidas, se sirven las mesas, se baldean los patios, se cambian las sábanas, y es en el conjunto de todas esas acciones donde la espada se sostiene y, también -cuando es necesario-, se clava.
Esta noche dejo la ciudad. Ya no seré un objeto de lo extraño, la posibilidad de la salvación (al menos por unos días -no tengo tanto dinero encima-), para convertirme, en Huaraz, en otra de las posibilidades que incorpora el sustantivo "turista".
El complemento de inseguridad (otro ladrillo imaginado), detrás de la división, va de la mano con la violencia ínsita en cualquier ciudad. Y es en un lugar como éste donde se vive la presencia de lo imaginario como transformador o, mejor dicho, como creador de la realidad. Aquí nadie parece tener la necesidad de expiar culpas. Nadie las tiene, y si bien la realeza jamás existió en Latinoamerica -al menos no desde su completa independencia- la servidumbre es algo que se palpa en cada esquina. Basta con pagar un sueldo para pasar a ser el amo, y el otro -dentro de esa relación que crea otra ficción, el dinero-, un simple acatador. Las órdenes son directas, precisas, gritadas. Las órdenes son cumplidas, se sirven las mesas, se baldean los patios, se cambian las sábanas, y es en el conjunto de todas esas acciones donde la espada se sostiene y, también -cuando es necesario-, se clava.
Esta noche dejo la ciudad. Ya no seré un objeto de lo extraño, la posibilidad de la salvación (al menos por unos días -no tengo tanto dinero encima-), para convertirme, en Huaraz, en otra de las posibilidades que incorpora el sustantivo "turista".
domingo, 10 de febrero de 2008
Cusco (last day)
Llega un punto donde lo que se percibe es el estancamiento, la sensación de una pesadez que agota. Pasan los días y uno se acostumbra al mundo que lo rodea, y es el hecho de experimentar eso lo que genera, una vez más, el deseo de partir. Próximo destino, Lima; después, quién sabe.
sábado, 2 de febrero de 2008
Cusco
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