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martes, 18 de diciembre de 2007

Más allá de las fronteras, el final

El taxista hizo una vuelta en U y empezó a recorrer, desde la mano contraria, la 9 de Julio. Pasaron las avenidas Independencia, Belgrano, de Mayo y Rivadavia sin que nadie de los que estaba por allí les prestara atención. Luego vino Rivadavia y después Corrientes, y allí Felipao pudo ver cómo un auto se estrellaba contra un edificio y, rápidamente, un grupo comando de varios soldados se acercaba al auto, disparaba a mansalva para después robar cualquiera de los objetos que pudieran encontrar. Antes de llegar a Córdoba, el taxista disminuyó la velocidad y comenzó a mirar los alrededores. Como era de suponer, no había nadie, porque nadie que tuviera la posibilidad de escapar, regresaba al interior de la ciudad. ¿Está seguro de lo que va a hacer?, dijo Felipao. ¿Seguro?, estar seguro de algo en esta ciudad es un disparate, pero créame cuando le digo que éste es el mejor camino a seguir para llegar al aeropuerto. Cuando el auto dobló por la Avenida, Felipao sólo atesoró en su memoria la certeza de la circularidad imposible, del escape también imposible, del despreciado punto en que se había convertido Buenos Aires, la oscuridad de la que, Felipao ya bien lo sabía, no podría salir. Nunca. No dijo nada; las ruinas por las que transitaban hablaban por sí solas. La chica rubia permanecía en silencio; resignada, miraba la destrucción que también se revelaba sobre la Avenida Córdoba: edificios en ruinas, plazas desoladas, desvastadas, y gente que peregrinaba en busca de la única posibilidad que dejaba la nada. En los dos años que estuvo al poder, el Partido de los Escritores de Buenos Aires había llevado a una anarquía absoluta al reciente país. Cinco años antes de que eso sucediera, el resto de la Argentina ya se había independizado de la ciudad de Buenos Aires. No hubo guerras ni tampoco demasiados debates para llegar a esa decisión. Todo el mundo estaba cansado de los porteños (de sus políticas, de sus gastos, de sus gestos), y los porteños, por su parte, estaban cansados de todo. Las únicas negociaciones fueron para que parte del territorio del conurbano bonaerense se anexara a la Ciudad, y así fue que, después de algunos meses de idas y venidas y desproporciones anatómicas del territorio, los límites del nuevo país (Buenos Aires) quedaron establecidos en la cartografía mundial. Ningún rincón del mundo se había sorprendido por esta decisión; en verdad, a casi nadie le había importado, en especial porque lo sucedido respondía a una consecuencia inevitable de hechos encadenados que no podía más que arribar a esa solución tan instantánea, repetitiva y perfecta: si se había comenzado por colocar rejas alrededor de todas las plazas, haciendo luego lo propio con grupos de edificios, era lógico que al final se terminara por encerrar a toda la ciudad. Los primeros años no pasó demasiado, es más, la ciudad hasta incrementó sus ganancias. Se le abrieron las puertas a todos los negocios (tantos legales como ilegales) y ni siquiera hubo una posibilidad para darle un espacio a la añoranza y al padecimiento. En una hilera de burlas, combinada con disposiciones de matices épicos, la mayor alegría se sostuvo a partir de la seguridad y el control. En los primeros días algunos rememoraban un pasado, una historia, una repetición de alegorías. Pero a los pocos meses, la memoria se había reducido a los ridículos pasos que se daban durante el día y a los inquietantes sueños que se sucedían por las noches. El recuerdo de una historia, guerras, exterminios, torturas, la remembranza de un conjunto de caracteres que definían a toda una población pasó a ser un susurro comprendido por colores de sonrisas fugitivas. Un día alguien no recordó el desplazamiento del límite, al otro día nadie pareció afligido por lo que fue y ya no era, y una semana más tarde no se recordaba ni siquiera en las conversaciones de los bares lo que había más allá de las fronteras. Era olvido premeditado lo que se desplazaba por toda la ciudad y el nuevo país dispersaba sus raíces sobre ese suspiro imaginario. Pensaron en emular a las mejores democracias europeas, las mejores plataformas partidarias, las leyes más perfectas y las políticas más honestas, pero con el tiempo, todos se vieron en la construcción más alucinante que había tenido lugar sobre esa parte de territorio estancado en el planeta: cada habitante, conciente o no, fue partícipe de la cimentación de una fábula; cada hombre y cada mujer, cada niño y cada anciano aportaban una palabra que el hastío en el que había devenido la ciudad (el Estado), captaba, amedrentaba y volvía a escupir bajo un nuevo concepto: el olvido de lo que fue y la imposibilidad de pensar lo que será. En ese presente perfecto se fue construyendo la disonancia que terminó por aproximar al Partido de los Escritores al poder. El primer año fue un tanto desgraciado: el Primer Ministro escribía, rescribía y volvía a escribir, una y otra vez, y, al parecer, tantas veces más según las distintas combinaciones de palabras que se le cruzara por la cabeza, los discursos que pronunciaría en cada lugar donde estaba citado. Por ese motivo, durante todo el primer año no salió nunca de su despacho. Recién saldría por la fuerza, una vez que la policía lo sacase luego de que, en el Parlamento, se hubiese aprobado su destitución. En seguida se nombró otro Primer Ministro, también escritor. Como el anterior se dedicaba a la narrativa, y el nuevo era conocido sin reticencias como el poeta del momento en lengua española, pensaron que con eso solucionarían todo. En efecto, se equivocaron. A los seis meses, el ejército había tomado el control. La población se sublevó sin pensarlo, el Partido de los Escritores pareció despertar y también apoyó la revuelta. Pero al poco tiempo, los que no estaban muertos o presos, se habían decidido por el exilio. Con parte de la población diezmada y algunos edificios destruidos, el nuevo gobierno del nuevo país pensó que no le quedaba más que progresar. Ese fue el plan (el progreso), mecanismos de control dispersos por todos lados, cámaras de seguridad, policías, militares, una eficiencia que, posiblemente, podría haber asegurado el éxito en una ciudad. Pero ese ya no era más el destino de Buenos Aires, y así fue que el nuevo país se vio envuelto en la escasez total, en el hambre más radical que había conocido en toda su historia. Nada para sacar de ningún lado, dinero, comida, nada, tan sólo ruinas, a la izquierda, a la derecha, en el centro, frente a un edificio, al costado de una plaza, incluso hasta los animales parecían haber sido exterminados en Buenos Aires. Ni siquiera quedaban palomas. En verdad, lo fueron; después de la gran matanza, vino el asesinato desmedido de mascotas y, más tarde, hubo señales de antropofagia. Ninguna parte del mundo se atrevió a enviar ayuda, ningún organismo quiso intervenir. Nadie intentó aplacar las calles incendiadas de la ciudad que había devenido en país; tan sólo se facilitó la huida de ciertas personas notables, se mantuvo abierto el aeropuerto, pero sin ningún tipo de control en las rutas que iban hacia allí. Y mientras el taxi transitaba la Avenida Córdoba, en los ojos de la chica rubia la decadencia se fragmentaba en la disyunción de sus pupilas. No había nada que la preocupara más allá de la destrucción misma, y sin atender a la velocidad del auto, ni a las irregularidades de la calle, la chica rubia dijo: lo único que me queda es este cuerpo agotado que se ahoga en la tristeza.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

9 de Julio

Al entrar a la 9 de Julio recibieron el primer disparo. Siga, dijo Felipao. Ahora es usted el de las órdenes pelotudas, dijo el taxista, obvio que voy a seguir, si no sigo nos matan acá mismo. A los costados de la avenida sólo quedaban las ruinas de los edificios que alguna vez, al principio con admiración y luego con asco, Felipao solía contemplar todas las tardes del primer año en que se refugió en la ciudad, mucho antes de que se declarase la independencia. De los autos sólo quedaban esqueletos calcinados, y de las personas que aún habitaban esa zona, la voluntad para caminar en busca de algo de basura o comida. Deberíamos haber ido hacia el conurbano, ahí está la resistencia, dijo la chica rubia, alguien como vos les aportaría mucho. Alguien como yo sólo aportaría un negro dentro del grupo y la fascinación de todos tus amiguitos literatos, no me rompás las pelotas con boludeces, ¿querés?, bastante que conseguí que nos recibieran a los dos. Es gracioso escucharlo, dijo el taxista, habla como todos los porteños, pero con un acento de puta madre. Es escritor, ¿sabe? ¿Escritor?, dijo el taxista y frenó el auto de golpe. Qué pasa, dijo la chica. Ya sabés, con esa confesión nos embromaste a los dos, tenías mil formas para definirme, pero elegiste la peor, dijo Felipao. Se bajan ya, ustedes arruinaron este país. No voy a discutir eso, sólo puedo decirle que sí, alguna vez fui escritor, pero sólo llegué a vivir acá de pura casualidad, al igual que llegué de casualidad a la literatura, vuelvo a mi país, Brasil, luego de décadas, lo único que pretendo es pasar mis últimos días recordando el gusto de la cocaína que ya no puedo tomar, y viendo cómo mi piel consume todas y cada una de las partículas de los rayos de sol. El taxista, convencido por el argumento, reemprendió la marcha por la 9 de Julio, sólo que ahora imbuido en el silencio. Pasaron la avenida Belgrano, luego Independencia, pero cuando iban a subir a la autopista, se encontraron con que varios autos intentaban descender marcha atrás y sólo una rápida maniobra del taxista los salvó de un choque seguro. Siguieron unas cuadras más hasta que, luego de comprobar que en los alrededores estuviera todo tranquilo, se detuvieron junto al cordón. Tenemos dos opciones, esperar a que nos mate alguno de los ejércitos, o intentar llegar por otro camino, dijo el taxista. Me parece que es la oportunidad para volver, dijo la chica. Volver a dónde, en las valijas que nos robó el portero estaba todo lo nuestro, ahora sólo nos quedan pasaportes, dinero y pasajes; el otro camino va a estar bien.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Smoke on the city

Felipao, ¿lograremos escapar?, ¿debemos escapar? Si querés quedarte, problema tuyo, ya tomé una decisión, y es indeclinable, no sé cuánto tiempo me queda, no creo que mucho, en fin, mucho o poco, lo que importa es que quiero volver a Brasil. Señor, ya le guardé el equipaje, debo decirle que fue todo un placer haberlo servido durante todos estos años, y sin duda voy a extrañar su presencia en el edificio. Gracias. Felipao y una mujer joven y rubia salieron del edificio que quedaba frente a lo que era el Jardín Botánico. De verdad, ¿es necesario irnos, no te preocupa lo que va a pasar con lo que queda de la ciudad? ¿Me preguntás en serio?, me chupa un huevo lo que le pueda suceder a esta ciudad, mirá, incluso terminé hablando como ellos. ¿Adónde vamos?, dijo el taxista mientras comenzaba a recorrer la Avenida Santa Fe. Usted es medio pelotudo, ¿no vio todas las valijas que cargó el portero? ¿Valijas? Sí, val…, y antes de terminar de pronunciar la palabra, Felipao comprendió todo. Miró hacia atrás, no quedaba nada, tampoco había alguien que lo saludara. Sí, al aeropuerto, lo más rápido que pueda. Eso va a estar un poco complicado, todo el mundo va hacia allá. Haga lo que pueda, dijo Felipao, y luego miró a la chica y pensó en decirle “vos también hacé lo que puedas para relajarme”, pero permaneció en silencio y sólo atinó a acariciarla.

jueves, 11 de octubre de 2007

Buenos Aires

Aún no estaba seguro sobre qué iba a tratar, pero sin duda ése era el nombre que debía tener. Espéreme un momento joven, creo que lo tengo por acá, entre estos libros, a ver, sí, acá está, tomé, léalo, sí, ahora, cuándo si no, jamás lo publiqué ni pienso hacerlo, eso es lo primero que escribí en mi vida, lo más difícil quizá, y eso me lo llevo a la tumba, usted es el primero en leerlo, pero eso no me preocupa, confío en su silencio, o en el arte de su reproducción, en todo caso. Regreso enseguida, mientras tanto, léalo.
“Solos en pleno ascenso hacia la colina en la que estaba su casa Anselmo jamás iba a pensar que a mitad de camino su esposa moriría de un paro cardíaco así sin más de improviso y tampoco Anselmo imaginaría que en el momento en que le dejara de latir el corazón su mujer caería hacia atrás quizá llevada por el peso de las bolsas de patatas que cargaba en su espalda y comenzaría a descender en un sin fin de vueltas hasta que un camión que venía en ascenso le pasaría por encima como si no hubiese atravesado más que un simple desperfecto del asfalto para luego esparcir partes de su cuerpo y de su sangre por todo el cemento. Anselmo jamás imaginaría ser testigo privilegiado de todo eso así como su esposa Felisa nunca pensaría que esa misma mañana cuando se preparaba para bajar al pueblo a realizar las compras de la semana junto a Anselmo iría al establo y se encontraría con su hijo Francisco dormido desnudo y abrazado junto a su tío el hermano de Anselmo Rodrigo que estaba en las mismas circunstancias que Francisco su sobrino el hijo de su hermano. Mucho menos iba a pensar que en ese preciso instante en que ella entraba al establo Francisco abriría de a poco sus ojos marrones claros y la vería a ella de pie en un silencio inmóvil y abrupto y notaría cómo de los ojos de su madre descenderían dos lágrimas indiscretas tan abruptas y tan inmóviles como el silencio. Tampoco debería haberse imaginado que así como se despertaba su hijo también lo haría su cuñado sólo que Rodrigo a diferencia de Francisco no permanecería sobre los fardos sino que haría la manta a un lado se levantaría con suma rapidez revelaría la desnudez de su cuerpo a su cuñada y como un loco iría en busca de su ropa se vestiría y huiría de allí sin mirar ni decir nada a nadie. Francisco por su parte no imaginaría que la madre luego de haber visto esa situación le diría que lo esperaba el desayuno y también su padre que le daría algunas tareas para realizar en el campo mientras ellos descendían al pueblo a comprar lo necesario para la semana y luego de todo eso Felisa daría media vuelta y regresaría a la casa como si no hubiera sucedido nada. Pero lo que nunca nadie jamás imaginaría era que Rodrigo sumamente angustiado por la posible y más que segura reacción de su hermano luego de llegar a su casa y meditar por largo tiempo sobre qué hacer huir o enfrentarlo y decirle que después de todo ambos estaban enamorados abjuraría de ambas posibilidades tomaría su escopeta se subiría a su camión para ir en busca de su hermano con la firme decisión de matarlo y luego hacer lo propio con Felisa. Finalmente Rodrigo jamás iba a imaginar que en el ascenso a la casa de su hermano le pasaría por encima al cadáver de Felisa pero sin darse cuenta y que recién se detendría al ver a su hermano que lo miraría con el mismo silencio tan inmóvil y abrupto con el que a la mañana los habría de sorprender Felisa. Rodrigo no soportaría que Anselmo ignorante de todo lo que habría ocurrido con su hijo lo mirase de ese modo y entonces tomaría el arma del camión y le dispararía dos veces al cuerpo de su hermano que caería sobre el asfalto pero a diferencia de Felisa sin rodar ni ser aplastado por nadie. Pero aún habría algo que escaparía a la imaginación de todos y es que en el momento en que Rodrigo dispararía sobre Anselmo Francisco se enroscaría una soga al cuello y la sujetaría al aljibe y se arrojaría por el agujero y moriría con dos lágrimas rojas que surcarían sus mejillas pero que nadie jamás vería ni Anselmo ni Felisa porque estarían muertos y tampoco Rodrigo que nunca lo encontraría y que nunca se le habría ocurrido mirar en el aljibe y que entonces se suicidaría con el mismo arma con que mataría a su hermano porque antes que el abandono preferiría soportar el peso fugaz y devastador del plomo. Todo esto recién lo descubriría o lo imaginaría un brasileño llamado Felipao que llegaría a la mañana siguiente y vería a los dos cuerpos en el asfalto luego subiría hacia el establo para al fin dar con los restos de los otros dos y entonces miraría en su mano las palabras que escribiría al escapar de la prisión y comprobaría con cierta sospecha que su destino una vez más luego del ascenso estaba cifrado.”
Veo que ha terminado de leer, bueno, ahora sabe por qué eso jamás debe leerlo nadie, eso no es más que una mera aproximación hacia mi propio abismo. Usted tal vez se pregunte por qué no lo he destruido, quizá no, digo, tal vez nunca se preguntó eso, pero sepa que yo sí lo he hecho, es más, todos los días lo hago, por más que lo lea muy cada tanto, cada vez que pienso en ese relato no hago más que preguntarme qué es lo que me lleva a preservarlo, pero luego viene un momento de calma y de esclarecimiento, y ahí es cuando me siento, sonrío y me pongo a recordar mis días en el encierro colombiano, y luego observo todo esto, estas paredes, estos muebles, estos libros hasta que al fin me acerco al balcón y observo el jardín botánico. Ahora bien, necesito, antes de que se vaya, que me cuente cómo es que me descubrió acá, en Buenos Aires.

sábado, 6 de octubre de 2007

El ascenso

Sin que nunca nadie me dijera que lo que estaba oculto en mi propia conciencia era una porción análoga a una frase completamente violenta, ya que bajo la forma de la escritura había encontrado la posibilidad de mi calma, tomé la birome del bolsillo de la camisa del guardia que yacía en el suelo sobre un charco de sangre que de a poco cobraba mayor tamaño, y al llegar al primer árbol que me ocultaba de la cárcel, en la palma de mi mano escribí el nombre de mi primer relato: El ascenso.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

El fin (o la segunda parte de "un relato tomado de los huevos")

Los ruidos se agotaron de pronto, como si el mismísimo aire hubiera presionado el botón de stop de la radio que los reproducía. Vieron, era esa droga puta, dijo el Huevo, pero incluso él supo que eso que había dicho era una tremenda estupidez, quizá la más grande de su vida, aunque hoy me parece que no, que sólo fue una estupidez más de las tantas que ya había cometido. Pobre Huevo, la primera lanza entró de lleno en su ojo, y él abrió la boca, pero no pudo sacar ningún sonido, todo se consumió en ese gesto. De tal manera lo sorprendió el impacto que ni las cuerdas vocales contaron con el suficiente tiempo para dejar escapar el último quejido. Una muerte violenta, que se presentó sin disimulo y que lo dejó boca arriba con la lanza metida en el ojo, y mis ojos, fijos en el ojo del Huevo, ahora un agujero; esa era la entrada de la muerte, comprende lo que le digo, señor Felipao, ese agujero, y por allí entraría Toni, y luego seguiría yo.
Pero sólo Toni acompaño al Huevo en la muerte. La lanza entró de lleno por el medio de su pecho, y allí quedó, sentado en el suelo, apoyado contra el tronco de un árbol y con la cabeza gacha. Seguro de ser el próximo, me acerqué hacia él, levanté su rostro y comprendí, con mucho dolor, que ni siquiera la muerte le había dado alivio. Es que usted bien sabe, señor Felipao, la vida acá es muy dura, pero mal o bien uno se acostumbra a eso. Toleramos la miradas de los europeos que vienen a reivindicarse por estos lados, de los latinos con pasta que se creen europeos, y de los yanquis putos que viene a regocijarse de su dinero consumiendo toda clase de drogas y de putas. Uno se acostumbra a todo eso, acepta lo que es, quizá para no pensar demasiado en eso y, al fin de cuentas, terminar por ser absolutamente nada, eso, ser nada, calculo que así se vive un poco mejor, o más tranquilo, pero yo que sé, yo sólo soy un sobreviviente de esa tarde de horror, el más bestial, el más absoluto, un horror que no se compara con ningún otro, digo, el horror completamente imprevisto.
Me senté junto al cuerpo de Toni a esperar lo inevitable. Quizá piense que le esté haciendo un poco largo este cuento, pero sólo para que me crea, sólo para eso, comprende lo que le digo señor Felipao. En verdad desde la muerte del Huevo a la de Toni no transcurrieron más que segundos. Zac, una lanza en un ojo, zac, otra en el pecho, y yo, sentado, me jugaba todo a que a mí me tocaría en medio de los huevos. Pero no. Entre los árboles y arbustos vi salir un ángel. Sí, lo que le digo, un ángel, bueno, o al menos eso fue lo que al principio creí, porque uno jamás puede pensar que semejante belleza puede ser la causa de tanta muerte inútil. Se acercaba a mí, toda desnuda, una figura esbelta, de cabello castaño, y ojos claros, no sé si celestes o verdes, tal vez eran grises, no lo sé. Caminaba lento, y yo me dije bueno, después de todo no es malo morir en manos de un ángel, quizá me viole, luego me maté y al fin, después de todo eso, descubra la felicidad. Pero no sucedió nada de eso, ni violado ni muerto; de pronto la muy puta abandonó toda la calma angelical y se dirigió rápido hacia mí, como si tuviera la necesidad de cagar tanto fuego para no soportar en mi cara tanto miedo y un llanto próximo a estallar. Pero cuando ya me imaginaba mis pelotas fulminadas y mi cuerpo descuartizado colgando de algún árbol de esa puta selva, la mujer se detuvo, me miró directo a los ojos, y mencionó un nombre muy raro, qué, pregunté, y ella volvió a repetirlo, hasta que al fin pude comprender que preguntaba por un tal Ulises. No sé nada, dije, nada, en serio, yo sólo llevo esto, y le mostré la coca, pero la muy puta no hacía más que repetir ese nombre, y entre tanto grito y repetición, el miedo se me debe haber ido a la mierda, porque ahí me paré y me dije a esta puta le voy a demostrar lo que es un hombre. La tomé del brazo, la acerqué hacia mí, y cuando ya estaba por tirármela, sentí un ardor enorme en medio del culo, que después se convirtió en el dolor más espantoso que un hombre debe haber sentido en toda la puta tierra. Grité y grité, me llevé las manos al culo y toqué la lanza que ya empezaba a bañarse en sangre. Miré a la mujer una vez más, ella se acercó muy despacio, de nuevo parecía ser un ángel, creo que lo fue todo el tiempo, creo que sólo quería alertarme de algo, pero no sé bien de qué, no creo que de la lanza en el culo; eso, con ella o sin ella, era todo un hecho. Se acercó y suave, muy suave, me dijo al oído, Ulises, y después caí desmayado. Cuando desperté la droga ya no estaba, tampoco los cuerpos de Toni y del Huevo, ni siquiera estaba la selva, sólo yo en ese puto hospital. Esta es toda la verdad. No sé por qué no morí, por qué no me quedé por siempre ahí, yo prefería eso, la muerte, comprende lo que le digo, señor Felipao."

martes, 11 de septiembre de 2007

Un relato tomado de los huevos (primera parte)

A diferencia de otros, mi virtud surgió gracias a los crímenes. Mientras dejaba de ser lo que era comencé a preocuparme por eso que alguna vez fui. En todo caso, desde el encierro, un hombre comprende que sólo es responsable de sus propias acciones.
Yo no sé nada, de verdad, nada, basta, basta. Qué es lo que no sabes, tú sabés todo, cuéntame. Pero, pero. No te desmayes, esto recién comienza. Un balde de agua fría enseguida lo despertó. En sus ojos se había instalado el horror y también la ilusión de la muerte. Escucho, dime lo que tienes. Un par de tenazas sobre las pelotas de cualquier hombre siempre dan los resultados que uno espera: está bien, está bien, pero detente, por favor, detente. Encendí un cigarrillo de marihuana y le di un poco. Fumó, fumé y, entre el olor de la hierba, el dolor y la transpiración, esto fue lo que escuché:
“Habíamos salido como siempre, el Toni, el Huevo y yo. Llevábamos los paquetes bien metidos en el culo, no sé por qué, si acá ya no le importa a nadie donde uno lleva la puta merca, pero yo qué sé, el Toni había pensado que era una buena idea, y nosotros lo seguimos nomás, sin chistar. No me mire así, no soy puto; en toda mi vida, además de ese paquete, lo único que me ha pasado por el culo ha sido toda la mierda que comí en este país. En fin, le decía, íbamos por la selva. Nos habían dicho que ese lugar era el menos peligroso. Los guerrilleros habían comenzado a trasladarse y los putos de los paramilitares iban tras ellos, hacia el este, y nosotros íbamos hacia el sur. Lo sé porque siempre me he sabido guiar por las estrellas, no sé mucho de nada, pero de estrellas sé bastante, puedo decirle dónde estaban las que dejaron de brillar, cuáles son las nuevas, cuáles son satélites y cuáles dibujan las figuras esas que tienen esos nombres ridículos como Cruz del Sur, Osa Mayor, y yo qué sé que más, y que lo cierto es que no son más que putas estrellas. Pero bueno, usted sabe mejor que yo que la gente es bastante estúpida y traslada toda esa estupidez a cualquier objeto que sus putos ojos ven, incluso a las estrellas, incluso a eso, comprende lo que le digo, señor Felipao. Caminábamos entre partes, como si toda la pureza del mundo se hubiera ido a la mierda en cuestión de minutos. ¿Habrá existido alguna vez eso?, digo, la pureza del mundo. En ese terreno poco importaba. La selva nos oprimía el corazón. Desde chico, casi todos los días, uno veía la manera en que los vecinos del pueblo se morían, y también uno daba cuenta de lo poco que importaba una muerte. Pedrito, una bala en la cabeza, cayó al suelo como bolsa de patatas, no dijo nada el pobrecito, o Julio, descuartizado, ni los ojos le dejaron los muy putos, y así con muchos más; algo común, habitual, la muerte. Eso nos hizo crecer sin miedos, creo, o quizá sin miedo a morir, porque sabíamos que a nadie le importaba si nos moríamos o no. Así se crece en un lugar como éste, sin miedo a nada, ni siquiera a la puta muerte. No conozco todo el país, pero se me da que debe pasar más o menos lo mismo en todas partes: selva, ciudad, mar, río, cualquier puto lugar está rodeado de muertes insignificantes. Pero lo que uno jamás aprende es a tratar con el momento en que se cree que eso está por suceder. Digo, la muerte. La inminencia de algo que es más horrendo que tragarse la mierda que sale del culo. Comprende lo que le digo, señor Felipao, me parece que no me expreso muy bien. Pero bueno, usted quiere que le cuente lo que vimos esa vez. De pronto, sin que nadie sepa muy bien por qué, nos perdimos. Nos mirábamos unos a otros, mirábamos alrededor pero no podíamos reconocer nada. Creo que ni a nosotros mismos nos reconocíamos. Tal vez por ese sentimiento de que todo se iría a la mierda, de que ya no la contábamos más y que eso no le iba a importar a nadie. Tú tienes para fumar, saca un poco, le dije a Toni. Él se me quedo mirando, como si ya ni siquiera entendiera el puto idioma, pues qué te pasa, muy puto, que saques un poco, le dije. ¿Estás loco?, cuando lleguemos y vean que falta, nos matan. Quién mierda te dijo que de acá vamos a salir vivos, le dije, pero el muy puto parecía seguir sin entender. Tiene razón, dijo el Huevo, de acá no salimos vivos ni de putas, saca un poco, pues, yo también quiero fumar. Al fin lo convencimos, y al rato ya estábamos fumando. Terminamos uno, armamos otro y justo cuando se venía el tercero empezamos a escuchar esos ruidos del demonio. Esto es una mierda, dijo el Huevo con la vista fija en el cigarrillo que giraba y giraba entre sus dedos hasta que al fin lo arrojó a los arbustos. Por un momento lo vimos brillar; luego se apagó. Qué hiciste, dije después de un tiempo y calculo que lo dije para aplacar un poco los putos ruidos que ayudaban a que nos sintiéramos cada vez más ahorcados entre toda esa vegetación. Por qué, por los malditos ruidos que estoy escuchando, por eso, la puta droga me los debe haber metido en la cabeza. Yo también los escucho, dijo Toni. Yo también, dije. Entonces no es la droga, dijo el Huevo que nunca se caracterizó por ser el más inteligente del grupo. Y qué quieres que te diga, me parece que no, dije y luego todos nos callamos; lo único que quedaba por hacer era esperar el momento, eso era todo.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La primera persona del singular: yo

Qué te importa cómo carajo me llamo. Alguna vez mi nombre fue Felipao. Pero también, alguna vez, yo vivía en otro lugar, al margen de todo esto, del encierro, de las drogas, de las muertes, de los libros, incluso de los recuerdos. A la orilla del mar, bajo un sol calcinante, nunca había nada que recordar. Todo se circunscribía a un único instante. Más allá de la noche o del día, de lluvias torrenciales o de cielos completamente azules, nada modificaba el presente porque todo vivía y moría allí: un momento desolado, un lugar desguarnecido. Pero el amor se convirtió en exilio y el exilio, en encierro. Ya no soy lo que era. Perdí mi nombre, por eso me odian los míos.

jueves, 30 de agosto de 2007

La felicidad

Ninguna explicación guarda una certeza absoluta, mucho menos una que dé cuenta de la vida de un brasileño, pintor, narcotraficante, encerrado en una cárcel colombiana de máxima seguridad. No hay detalles absolutos a la hora de narrar esa vida, pero sí puede decirse que un día Felipao se despertó sin sentirse feliz. ¿Lo había sido alguna vez? Como hasta el momento eso nunca había consistido en algo importante, no podía saberse. Todo relato presenta sus carencias y la imagen misma de Felipao, infeliz y encerrado en una cárcel colombiana, es la prueba. Con ese pesar, logró levantarse: al menos no estaba deprimido. Salió de la celda, que siempre permanecía abierta, saludó a un guardia, el guardia se extrañó por el saludo, pero igual lo respondió con otro. Pensó que Felipao iría a caminar por ahí, o jugaría al básquet, o, aún sorprendido por el saludo, el guardia llegó a pensar que de una vez por todas, luego de haber atravesado por esa calma introspectiva que, para el guardia, era común en todos los artistas, Felipao regresaría a su arte, a pintar esos cuadros que a todo el mundo asombraba pero que nadie entendía –o todos daban interpretaciones diferentes, y como al discutir sobre la obra del brasileño nunca llegaban a ponerse de acuerdo, lo único que les quedaba para salir de la discusión y no matarse unos a otros, era concluir que lo que hacía Felipao sin duda era bueno, pero también incomprensible para ellos–. La oscuridad misma de Felipao era todo un espectáculo y también lo que indicaba la prudencia del respeto y el silencio. Por eso el guardia no hizo más que saludarlo y quedarse quieto, con la vista fija en el brasileño que salía de la celda y que lo había saludado pero que no le dijo que se había despertado sin sentirse feliz. En un momento, a unos pocos pasos del guardia que todavía lo observaba inmóvil pero con ganas de huir, Felipao se detuvo, giró y regresó hacia él. El guardia tomó el arma, apuntó a Felipao y entre temblores, le dijo que se detuviera, que dejara de caminar, que regresara a la celda. Felipao sonrió y le dijo al guardia que se decidiera, quedarse quieto o caminar, pero no las dos cosas al mismo tiempo, y después le dijo que no había nada que temer, sólo andaba en busca del lugar más solitario de toda la cárcel. El guardia, que a esa altura ya había mojado los pantalones y que aún permanecía con el arma en la mano, balbuceó una palabra ininteligible. Felipao le pidió que le repitiera lo que había dicho. El guarda no hizo más que tartamudear hasta que al fin, en un grito desesperado, dijo que el lugar que Felipao tanto buscaba era la biblioteca, que ahí nadie lo iba a molestar, al menos que fuera alérgico al polvo, porque eso era lo único que había allí, polvo, además de libros, dijo el guardia, pura suciedad. A Felipao el lugar le pareció perfecto y comenzó a caminar pese que aún no lograba sentirse feliz.

martes, 28 de agosto de 2007

El silencio

Un día, sin embargo y sin que nadie supiera por qué, Felipao dejó de pintar. Se mantenía taciturno, silencioso, sin acercarse ni dirigirle la palabra prácticamente a nadie. Al principio ese desinterés por la pintura comenzó a llamar la atención, pero no fue más que al principio, luego todos siguieron con sus miserias, penas y esperanzas de libertad. No fue que se olvidaron por completo de Felipao, sino que tan sólo Felipao dejó de ser el centro de atención; todos aceptaron que lo mejor era no decir nada sobre él y que mediante esa ignorancia necesaria Felipao perdería su resplandor. Perdido o no, lo cierto fue que muchos llegaron a pensar que Felipao había muerto; incluso, algunos decían que Felipao se había vuelto invisible, o que siempre lo había sido; por eso sucedían esas muertes de las que todos veían sus huellas –los cuerpos en los aros– pero de las que nunca nadie había visto nada. Pero Felipao no había muerto, tampoco se había vuelto invisible, o al menos nadie podía asegurarlo porque si alguna vez Felipao contó con ese triste poder, en el momento en que se hacía invisible, por callado y taciturno, nadie lo veía desaparecer.

sábado, 18 de agosto de 2007

Felipao

Ese crimen resonó en toda la prensa colombiana. Un titular dijo “el arte y la perversión”, y debajo dos fotos: una, la del cuadro pintado por Felipao; la otra, la de Felipao esposado.
De todos modos, la cárcel no resultó algo malo. Allí, Felipao no hacía más que pasar sus días tranquilo, sin que nadie lo molestara. Por eso, la cárcel no era algo malo, después de todo. Había que cuidarse, eso sí, como en todos lados, pero eso a Felipao ni si quiera le preocupaba. En verdad, todo el mundo se ocupaba de Felipao, incluso hasta los que deseaban la muerte del brasileño, incluso aquellos que tenían motivos viscerales para asesinarlo en el patio, en las duchas, en la celda, en los pasillos, en la cocina o donde fuera, incluso esos no hacían más que añorar y, quizá, hasta soñar con la muerte de Felipao. Pero sabían que eso era todo, que no podían pasar de allí. Felipao, el pintor que traficaba o el traficante que pintaba, no hacía más que descansar, a veces jugar al básquet, y después pintar hasta que los brazos parecieran escindírseles del cuerpo, pintar hasta que el cansancio le nublara los ojos y no quedase más que aspirar cocaína para seguir y seguir, porque cada vez que pintaba, Felipao lo hacía como si esa fuese la definitiva, la última, por más que estuviera consciente de que al otro día volvería a ver el anochecer. O al menos eso parecía, eso era lo que todos pensaban cada vez que veían al brasileño frente a un cuadro. A ese negro de mierda se le van a salir los ojos, no hace más que pintar, todo el día ahí, dale que dale al pincel, si no lo hubiera visto en acción cuando estaba afuera, diría que es flor de marica, ahí, el negro ese preocupado por sus cuadros. Y así y muchos otros más eran los comentarios que todos hacían respecto a Felipao, cada vez que lo veían, a cada momento en que el brasileño se ponía de pie frente a las telas, enseguida se escapaban los comentarios. Todos pensaban que Felipao no los oía, pero lo cierto era que no sólo Felipao, sino también sus seguidores le prestaban atención. Ni bien se conocía la identidad de aquél que había dicho algo respecto a Felipao y su arte, de inmediato, como una tormenta imprevista que en cuestión de segundos arrasa con todo, el cuerpo de esa persona aparecía en el patio, colgando de alguno de los aros de la cancha de básquet. A veces colgaban del aro que decía “locales”, otras del que decía “visitantes”. No había una lógica respecto a eso. Lo único que siempre sucedía, fuese en un aro o en el otro, eran cuerpos desnudos, repletos de heridas, y ahí permanecían hasta desangrarse por completo, sin que importara el olor putrefacto, las moscas, los gusanos y demás aves de rapiña que ayudaban a desmembrar más rápido ese cuerpo que en vida no había tolerado el arte de Felipao.