martes, 3 de febrero de 2009

Kalita

para Siesta*

Levantarme no resultó una tarea sencilla. Me dolía bastante la cara y parte del cuerpo y durante varios segundos escupí sangre. Al fin conseguí caminar hacia donde estaban atendiendo a Malala, justo en el medio del círculo que formaban las casas, a un costado del espacio reservado para el fogón. El ojo donde había recibido el impacto estaba negro y, supuse, en breve lo tendría del tamaño del dolor que me causaba verla ahí, tan indefensa, inscripta en un silencio de violencia y polvo pero emplazada en una superstición vertiginosa que recaería sobre mí. Por suerte se repuso en poco tiempo, apartó a la gente que la rodeaba y cuando me tuvo enfrente, dijo: veo que estás vivo, mejor; no sé si hubiese soportado que alguien te confundiera con Virgilio, incluso si esa confusión era para matarlo. Luego recibí su última caricia y la vi alejarse hacia el interior de la casa de Pancho González. Entonces pude comprender lo sucedido, la ayuda en el desayuno, el intento de entregarme su cuerpo, la lucha contra Coyote: nada era por mí; todo era por Virgilio, para darle a entender a todo el mundo que la búsqueda no había finalizado, que de nuevo el azar era el que me interponía entre dos destinos y que todo era tan patético que hasta en la pobreza más extrema y en el mundo más alucinógeno lo que motivaba a los cuerpos era el deseo de amor. Me odié por ser parte de eso y más me odio por tener que contarlo ahora. En ese momento sólo deseaba regresar junto a los monstruitos, vivir noches enteras de carnaval con viento Pampero y tomar Whiscolet hasta el hartazgo. Pero mi presente era otro, y había que continuar.
Pasó la mañana y llegó la hora del almuerzo. Nadie me hizo de comer, y eso que tenía bastante hambre. Dejé mi asiento que estaba junto al círculo del fogón y fui a golpear a las puertas de cada una de las casas. Esa idea no fue muy fructífera: en el momento en que descubrían que era yo, la cerraban sin siquiera decirme hola. Hasta Pancho González, que me atendió en algo parecido a calzoncillos, no me dejó entrar. Me resigné a pasar hambre, insolarme y, tal vez, si tenía suerte, morir de sed en el mismo banquito en el que me había sentado por la mañana, junto al fogón. Nunca supe cómo, pero cuando el sol había alcanzado su punto más alto, me quedé dormido. Comencé a soñar con Malala, también con Azucena y con Justina, la mujer de la boca torcida. Las tres se colocaban en fila y empezaban a darme de comer diferentes platos, desde bife de lomo con papas fritas hasta panchos con distintos tipos de salsa. Venía una y me daba algo y luego seguía la otra y me ofrecía un poco más de un nuevo plato. Yo comía todo como un flor de hijo de puta lleno de felicidad. En un momento dejaron de darme de comer y comenzaron a traerme botellitas de agua, que yo vaciaba de un trago. Pero cuando las tres comenzaron a desnudarse para, según me dijeron a coro, darme el postre, me despertó un golpe en la cabeza. Alguien me había arrojado una botella de plástico de dos litros de Coca Cola, un tanto percutida y sin la etiqueta de la marca. Desde luego, el líquido no era Coca, sino agua un tanto turbia, seguramente del Riachuelo. No me importó morir ni intoxicarme ni nada; destapé la botella y bebí todo el contenido reproduciendo la voracidad del sueño. Después volví a dormirme, sentado en el mismo banquito. Al atardecer, me desperté por el ruido de los Orangutanes que comenzaban a salir de las casas. El sol había perdido intensidad, pero en mi cara aún quedaban las huellas del mediodía. Vi a un grupo de hombres escuchar con atención a Coyote, a Malala caminar del brazo de Pancho González en dirección al muro con Buenos Aires y a otras mujeres que iban y venían en busca de leña para el fogón de la noche. Cada tanto alguna me sonreía y yo me entusiasmaba, pero ahí terminaba el coqueteo. Ninguna llegaba a hablarme y yo tampoco tenía ganas de interrumpirlas en su trabajo. Después de todo, lo último que necesitaba mi cuerpo era que me encajasen la tarea de ir a buscar leña. Al fin se hizo de noche y comenzaron los preparativos para el fogón. Un rato antes habían encendido antorchas alrededor de todo el asentamiento, aunque para mí podría haberse evitado: la luna llena y el cielo repleto de estrellas ofrecían el cóctel necesario de violencia y pasión para afrontar el reflorecer de la cultura. A todo esto, yo continuaba sobre mi banquito, un tanto dañado, pero alegre de ver un poco de movimiento en ese lugar. Y mientras un par de mujeres nos provocaban grandes carcajadas cuando comenzaron a correr para pegarle a uno de los hombres porque, según decían, les había pinchado el culo con una rama, Coyote, con mucha amabilidad, se me acercó para decirme que si por favor podía correrme y, ya que estaba, devolverle su banquito, que en unos minutos empezaba la fiesta y para eso aún tenía que practicar con su guitarra. Así fue como después de horas dejé el banquito. Me dolía el culo, un poco las piernas y podía decirse que el pantalón era mi nueva piel. Caminé hacia un costado y me acerqué a una de las mujeres, que llevaba puesto un vestido avejentado, pero que, de todos modos, resaltaba su figura perfecta. Fue la primera en hablarme, la única en verdad. Me pidió perdón en nombre de todo el pueblo, pero dijo que para seguir con ellos debía haber pasado por todo lo que pasé. También me dijo que había sido ella la de la botella de Coca Cola, pero que no esperaba que me golpease en la cabeza. Yo tampoco, le dije y ella sonrió. Después me contó de qué se trataban los preparativos para esa noche y cuando estábamos a un costado de las casas, observando las estrellas y la luna, vimos aparecer a Malala y a Pancho González, que impulsaban un carrito del que se desprendía un olor nauseabundo. Cuando se detuvieron junto a nosotros, Malala me dijo:
–Veo que estás en buena compañía. Kalita, conseguimos perros para varios días. Vamos a asar a la mitad y a la otra vamos a ahumarlos, ¿te parece?
–Sí, llévenlos para allá, que las chicas se encargan –dijo Kalita. Era la primera vez que oía su nombre y me pareció encantador. Malala y Pancho González fueron con el carrito de perros hacia el fogón. Nosotros permanecimos un poco más bajo las estrellas, donde cada tanto escuchábamos risas, gritos y los acordes desafinados de la guitarra de Coyote. Allí le conté sobre mi pasado en Buenos Aires, y que también era probable que a alguno de esos perros los hubiera cazado en alguna de las tantas noches en las que salíamos a saquear la ciudad. Pero además le dije que debían asegurarse una nueva fuente de alimento porque era muy probable que en Buenos Aires los perros estuvieran a punto de extinguirse.
–Ya lo sabemos, por eso mañana nos vamos para la tierra de los monstruitos.
–¿Están seguros? La batalla anterior la ganaron de pura suerte. Es más, la ganaron por mi culpa. No creo eso vuelva a suceder.
–Puede ser, pero no nos queda más remedio –dijo Kalita y se me quedó mirando con esos ojos oscurecidos por la noche pero que lograban reproducir el brillo de la luna. Me acerqué con suavidad, le acaricié la cara, le corrí el pelo y luego la besé, despacio, primero en los labios, hasta que, sentados sobre la tierra y dominados por el traqueteo del corazón, nos entregamos a convertirnos en pedazos de letras de una palabra irreproducible en esa parte del mundo. Al separarnos, ella me dijo: vamos, que tengo que ayudar con la comida; además, ya debe estar por empezar el último baile. Le dije que iba en un segundo, ella dijo “está bien”, y así me quedé solo, con la vista en el cielo y el deseo desesperado de un cigarrillo.
En Buenos Aires la cumbia se reducía a un recuerdo no muy tenido en cuenta o a alguna que otra conversación entre intelectuales snobs. Pero nadie la bailaba o disfrutaba porque esa era su herencia. Convertida en país, la ciudad casi se había despojado del ritmo, y todo sucedía en un ruido constante de autos atolondrados y gente de cabeza gacha con tos. Máquinas, sirenas, bocinas y gritos aburguesados formaban la música diaria del espacio popular. Un contrasentido, desde luego, que se sincronizaba en darle la espalda a todo el mundo para que nadie en el mundo se enterara de que allí, en Buenos Aires, todo lo novedoso sucedería cuando llegase el suicidio colectivo. Mientras tanto, la alegría había quedado en manos de los monstruitos y la música, encerrada en el cuerpo de los Orangutanes. Kalita, Malala y otra mujer repetían un pasito muy bien ensayado; el resto de las mujeres bailaban entre ellas, y la mayoría de los hombres formaban parte de la banda que intentaba mantener con vida el último espacio al cual el país, Buenos Aires, había expulsado el sabor de la música. Instrumentos precarios, una guitarra desafinada y voces que ayudaban a reproducir los sonidos faltantes para que, con cada movimiento, las caderas de aquellas mujeres se pudieran escapar y regresar a esos cuerpos embrujados. Por mi parte, me costaba no escapar de mis orígenes, y por eso tan sólo acompañaba la felicidad moviendo la pierna. Y machaqué el piso hasta que Kalita me vino a buscar para que bailase con ella. Y entre tironeos y besos, no me quedó más remedio que seguir a ese cuerpo de sintaxis arrebatada al delirio y ponerme a dar pasos vergonzosos, pasos de pésimo bailador que intentaban, con infinita dulzura, descollar la pista de baile, esa misma pista áspera que, plegada a una noche desquiciada, ocultaba, en el piso, en el baile, en la música, la amargura del porvenir.

*porque no sabemos cuándo será la próxima entrega, no podíamos dejar de dedicarle la que, tal vez, sea la última...

martes, 27 de enero de 2009

Hay equipo

-¿Nunca se te ocurrió ponerle nombre? – dijo una amiga hace ya mucho tiempo.
- No. ¿Qué?, ¿la tuya tiene uno?
- Si, desde hace bastante. Se llama Pocahontas.
-¿Pocahontas? ¿Por qué Pocahontas?, dije al reír.
-Porque es libre, fresca, salvaje, aventurera…
La risa para ese entonces se volvió carcajada. Ni bien recuperé el aliento, dije: bueno, qué difícil, tendré que pensar qué características tiene la mía para ver cuál nombre le queda bien. Cuando corté el teléfono, pensé que la conversación quedaría ahí y que nunca encontraría el nombre perfecto para ella porque ni siquiera me tomaría el trabajo de buscarlo. Después de todo, otorgarle ese atributo de la personalidad me parecía una idea bastante ridícula.
Pero al poco tiempo llegó la noche de pasión que le daría un sentido a todo. No estoy segura de si fue con alguien o conmigo misma, lo que sí recuerdo es que no tardé en llamar a mi amiga.
-Ya tiene nombre.
-Muy bien. ¿Cuál es?
-Riquelme.
Su carcajada no pudo ser mayor, tampoco la sorpresa de que asociara a algo tan íntimo con un jugador de fútbol con cara de pocos amigos. Entonces, a modo de divertido reproche, dijo:
-¿Riquelme? ¿Por qué?
-¿Te acordás qué hace Riquelme antes de patear un penal?
-No.
-Bueno, Riquelme escupe.
Sin abandonar la risa, ella dijo: te odio, es lo único que me falta lograr. Mientras tanto yo sólo pensaba en la idea de que un excelente jugador tenía que salir del banco para, de una vez por todas, entrar a la cancha. Así llegaron los altibajos de Riquelme, entre la absoluta gloria y la depresión feroz que le seguía al desastre y que luego la obligaba a la reclusión entre cuatro paredes, sin ganas de ser molestada. Después de todo, para alguien que es reconocido como “estratega”, un tiempo sin bullicio nunca viene mal.
Pero lejos de toda táctica y en la noche menos pensada, llegó la oportunidad del juego del millón. En ese entonces Riquelme todavía no se había percatado de que apenas a unos centímetros de distancia se encontraba el mismísimo Diego Armando Maradona. Tampoco era cuestión de culpar a Riquelme, pobre. Después de todo no había arito de strass, ni tatuaje del Che, ni Dalma ni Giannina. Aún así, las ganas de jugar eran evidentes: Diego Armando invitó a Riquelme a tomar una cerveza a la barra, pero de la marca más rica ya no quedaba. Entonces, tal vez por esas cosas del azar, los cracks se conformaron con la cerveza que se jacta de ser el sponsor oficial del sueño de todos los argentinos.
Nunca supuse que la humildad y Maradona fueran dos palabras capaces de ir de la mano. Lo que sí sé es que mi Diego Armando demostró que era en verdad Diego Armando al momento de agachar la cabeza. En ese entonces, el estadio era una fiesta: dos potencias se saludaban y los gritos de la hinchada no podían ser mayores. Maradona demostraba su gran pasión mientras que Riquelme, emocionada, derramaba copiosas lágrimas en repetidas ocasiones.
Pero todos sabemos que los jugadores como Diego Armando no son de quedarse en un mismo lugar. Siempre aparece un mejor contrato, algún destino novedoso, chicas que enarbolan la bandera de “las botineras” o drogas duras que saben acompañar al que está cansado de tanto éxito. Luego de la partida del Diego, Riquelme se otorgó una licencia para recluirse, pero se hizo la promesa de que ese período sería corto y que no debía olvidarse de su verdadera pasión.
Ni siquiera necesitó recurrir a su agenda, después de todo el consenso reconoce a Riquelme como grande y no faltaron ofertas camufladas en el ringtone de un celular. Riquelme aceptó gustosa, pero en el momento de ir a la cancha, se dio cuenta que no la habían contratado como jugador sino como Gran DT. “Que esto es así, que esto es asá”, se veía obligada a decir con la ayuda de mi boca, frases que siempre estaban acompañadas por la frustración, porque otras de las características conocidas de Riquelme es la de ser “de pocas palabras”.
Sumida en la depresión, salió a reclutar jugadores a territorios desconocidos y sentada a la barra, pedía la cerveza sponsor oficial del sueño de todos los argentinos, con la esperanza de volver a los días de gloria. Pero nada parecía cambiar. No faltaba el entusiasmo, pero sí las condiciones. Cada situación repetida acrecentaba mi creencia de que Riquelme, con su silencio y su cara de pocos amigos, podía ser un jugador excelente, pero nunca un Gran DT ansioso de desplegar un abanico de instrucciones.
A la mañana siguiente de otro partido de papi fútbol, volví a llamar a mi amiga. Una resaca feroz alimentaba mis ganas de desahogarme y después de dar detalles de un juego digno de la B, dije:
-Extraño a Diego Armando.
-Un Diego Armando es muy difícil de olvidar.
-¿Sabés qué le preguntaría si volviera a verlo?
-¿Qué?
-Si considera que Maradona y Riquelme deberían estar cerca, cada uno desde su lugar, trabajando para una selección mejor. Me juego la cabeza a que diría que sí.
No recuerdo bien de qué hablamos después, probablemente de las cosas cotidianas, del sexo y también del amor romántico, al que le dedican millonadas de libros, canciones y películas, pero del cual cada vez entiendo menos. Aunque en momentos como estos, presumo que las cosas son más simples de lo que parecen, y que dentro del juego del millón, ese concepto tan complicado podría reducirse en tan sólo dos palabras: hay equipo.

sábado, 24 de enero de 2009

Añoro




Llegar al final para escuchar esto:

Cuando llegue la muerte,
yo es que no sabré
qué hacer con ella,

a lo mejor la palmo y resucito
siendo un cerdo
me olvido de que existo,

y así ya no echaré nada de menos.

Engordaré de prisa
en el corral de las mentiras
comeré lo que me echen
como cualquier cerdo bueno.

Hasta que un día
el granjero me lleve al matadero
y conviertan en embutidos
mis recuerdos más grasientos.

Entonces piensa en mí;
recuérdame amor mío
cada vez que te comas
un bocadillo de chorizo.

miércoles, 21 de enero de 2009

Carpocapsa

Un día, a eso de los 5 años, cuando uno de los mellis tiró un secador de pelo encendido dentro de una pecera con un par de peces, comprendí el concepto de electricidad. Era algo que funcionaba en los lugares preestablecidos, pero fuera de ellos implicaba una puteada de tu tío y, en mi caso, una cagada a pedos de mi viejo (apaciguada por la sonrisa cómplice de mi vieja que detestaba a la cuñada, la dueña de los peces-devenidos-pescados-quemados sobre el agua). Pero para los mellis implicaba mucho más que eso: además de la puteada de mis tíos, el cinto del viejo. Teníamos la misma edad los mellis y yo, y cuando iba a lo de mi abuela, las cagadas las hacíamos juntos, pero siempre nos terminaban diferenciando los castigos. Lo que para mí era un reto o una explicación de dos horas sobre por qué no debí haber hecho lo que hice, para ellos todo se resolvía en la voracidad de un sueño: después del cinto se iban a dormir y al otro día amanecían, aparentemente, como si nada. Como si nada, dudo mucho que un pendejo termine el día como si nada, pero eso ya es parte de otra historia, esa que se aprende porque a vos nunca te dieron con el cinto (ni siquiera con la mano) y porque leíste algunas fotocopias en la facultad. Pero precisamente por esas fotocopias, ahora imagino que ellos se iban a torrar como si nada hubiera sucedido y como si las cosas sólo fuesen posibles de ese modo. Con los años, el colegio, la música y los diferentes amigos se fueron encargando de acrecentar las diferencias y de espaciar los quilombos en los que nos metíamos. Pero cada tanto volvíamos a vernos, y esas diferencias que se exponían de entrada incluso en la vestimenta y en la forma de hablar, con los minutos lograban atemperarse hasta que al fin terminábamos charlando del mismo tema -mujeres, primeras pajas, primeros cigarrillos- y craneando una nueva cagada. Así fue como un sábado a la tarde, mientras todos dormían, incluso los perros -que lo hacían echados sobre las banquinas que dividían las veredas de las calles de tierra-, pusimos tres bombas de estruendo sobre la puerta de La Gallega, una vieja que vivía al lado de lo de mi abuela y que jamás nos devolvió las pelotas de fútbol que por años cayeron en su casa. Ya éramos huevones importantes, diría que andábamos por los 14 años, pero de todos modos habíamos decidido que era lo mejor que teníamos para hacer. Lo más justo. Es decir, hacerle mierda el portón a aquella vieja era un deber. No fuimos para nada improvisados. Yo fui en busca de cinta adhesiva y un encendedor a lo de mi abuela, pegamos las bombas, encendí las mechas y salimos corriendo a escondernos al campito del INTA, que estaba justo enfrente del lugar. Apenas nos metimos entre los pastizales, escuché el ruido más fuerte del que aún hoy tengo memoria, un ruido que no sólo había hecho mierda un portón sino que además había quebrado una etapa en la vida de tres personas. Pero no dejamos de correr, y así seguimos hasta que llegamos a una calle que se extendía entre cipreses y desembocaba en los laboratorios en los que en la actualidad mi vieja desarrolla un virus que mata los gusanos que se morfan las manzanas. Esos gusanos se llaman carpocapsa y son algo así como Bin Laden para Bush, un típico placebo que da trabajo pero que todos sabemos que es imposible eliminar por completo. Y allí estábamos nosotros, camino al laboratorio de mi vieja, sin pensar en el portón ni en La Gallega; ni siquiera en qué nos harían cuando nos descubrieran. Al fin, cuando llegamos a la parte de atrás de los laboratorios, nos apoyamos sobre la pared y, en silencio, nos pusimos a mirar los árboles y también un poco más allá. Después de unos minutos, decidimos ir hacia el cañaveral, que estaba a unas cuadras de esos laboratorios. El cañaveral desembocaba en una torre que de chico me parecía algo espectacular, pero que en ese momento, después de haberle hecho bolsa el portón a La Gallega, se me presentaba como un conjunto de ladrillos estúpidos. A ninguno de los tres parecían salirle demasiadas palabras. Las risas apenas se adivinaban en muecas, y cualquier intento de diálogo concluía en espaciados monosílabos que marcaban la cadencia del autoengaño. Ya no nos quedaba mucho más por hacer juntos, y los tres éramos concientes de eso. Cuando estábamos a unas cuadras de lo de mi abuela, pensamos que una vez más nos esperaba el típico castigo. Caminamos esas cuadras sin decirnos nada, y cuando al fin nos enfrentamos con mis viejos, el viejo de los mellis, mi abuela, mis tíos y La Gallega, yo pregunté qué pasaba. Mi viejo me preguntó dónde nos habíamos metido. Le dije que habíamos ido al INTA y mi vieja, a esta altura ya más cómplice que otra cosa, nos preguntó si nosotros teníamos algo que ver con el portón de La Gallega. Así dijo, el portón de La Gallega, y todos nos empezamos a reír, porque a La Gallega nunca la llamaban así delante de ella, sino por su nombre, que nunca nadie recordaba y por eso nunca nadie le dirigía mucho la palabra. Salvo mi abuela, que le decía "cómo le va", "qué tal anda la familia" y cosas así de buena vecina que era, y si bien La Gallega le decía "todo bien, Rosita", "gracias, Rosita", "saludos, Rosita", mi abuela nunca agregaba el nombre verdadero de La Gallega a sus preguntas. Y mi vieja la llamó así, La Gallega, y todos nos reímos, menos La Gallega, que empezó a gritarle a todo el mundo hasta que al fin se fue a su casa prometiendo llamar a la policía. Después mis viejos entraron a lo de mi abuela, yo me despedí de los mellis, que se fueron a su casa, y ese año no volví a verlos más. Los años siguientes los vi contadas veces y en esos encuentros simplemente nos preguntábamos sobre nosotros de puro compromiso. Y así fue más o menos la relación entre los tres durante bastante tiempo, hasta que hoy, a eso de las 7 de la tarde, me llamó uno de los mellis simplemente para ver qué andaba haciendo con mi vida.

lunes, 19 de enero de 2009

Nace una estrella

Amigo entrañable de las jirafas, arranca el 2009 estrenando blog:


Pasen y vean, y, también, comprueben que, además de mentir, en Clarinete se escribe para el orto, o, al menos, eso es lo que nos quiere demostrar, con toda su agudeza, el gran M. A.

viernes, 16 de enero de 2009

Nuevas ideas para Palermo

m.:
nenenenne

m.:
viste que los negocios de Palermo "Soho" tienen todos nombres tipo "Agarrate Catalina", "Vestite y andate", etc???

m.:
bueno, a mi se me ocurría ponerme un negocio que se llame "Ponete en 4 que te parto en 8"

m.:
buen juego de palabras numérico, no?

m.:
como lo ves?

f.:
yo creo que va a ser un exito. y más si hacés una sección gay friendly

miércoles, 14 de enero de 2009

Frases del más allá

En medio de una conversación telefónica, y luego de un bostezo que se mezclaba con alguna palabra, mi novia, con un tono apagado, dice:

"ay, se me salió de lugar la mandíbula"

martes, 6 de enero de 2009

Uf...

Convengamos que llegar al punto de desidia blogger es un proceso que debíamos enfrentar. Desde octubre sufríamos atisbos de síntomas, que, a partir de noviembre, se convirtieron en verdaderos síntomas y que, ya en diciembre, llevaron a que nos encontremos con la enfermedad en su más cruda expresión. Sería fácil decir que las paja nos venció, pero lo cierto es que no fue tan así. Después de todo, con subir una foto, linkear alguna boludez, hacer algún copy paste de alguna cosa que escribimos por allí era algo fácil, sí, pero también aburrido. ¿Diferentes avatares? ¿Complejas causas? ¿Qué mierda, nos pregunta un mono acá en medio de la sabana africana, nos sucedió para estar casi un mes sin decir nada y, más allá de ese casi mes en blanco, estar durante bastante tiempo sin decir prácticamente nada? Ni idea, le decimos al mono de mierda, y luego, cuando queremos ir más allá de unos arbolitos, nos damos cuenta, después de pegarnos la cabeza contra la pared, de que estamos encerrados en un zoológico. Che, mono, ¿dónde carajo estamos? Ah, ahora querés saber, no?; minga te voy a decir, dice el mono y se va entre los árboles que simulan un paisaje, una selva, un lugar que nos dijeron que era nuestro, pero que lo cierto es que lejos está de pertenecernos.
Pero bueno, qué le vamos a hacer, es lo que nos toca, y nosotros somos lo que queda. Nos gustaría haber representado otro símbolo de la fucking society, pero entonces seríamos otra generación, quizá con más plata, pero ni a palos con ganas de regresar a nuestro verdadero hábitat. Probablemente tendríamos deptos en NY, Londres o París, viajaríamos con más frecuencia a USA, sabríamos de memoria las calles de Praga, y estaríamos cansado del turismo en Barcelona y por eso nos mudaríamos, no sé, ¿a Suecia? Pero nos hacemos cargo, y por eso, creemos, vamos a ir regresando de a poco. Por ahora el zoológico nos sienta bien. Siempre tenemos morfi y agua y no tenemos que estar pendiente de algún puto depredador. Aunque también creemos que esto es escaso. Hace un tiempo estuvimos por allá, de regreso en la jungla, y volvimos a tomar conciencia de que nos parece un lugar encantador y precioso. En definitiva, desde distintas playas del planeta iremos preparando, étape par étape, el regreso a la vida animal.

martes, 9 de diciembre de 2008

Malala

A la mañana siguiente levantaron el campamento. El que me vino a desatar, también ayudó a levantarme y hasta me ofreció un poco de comida y agua. Si bien lo miré consternado, de todos modos devoré lo que me había ofrecido. Después me dio un par de golpes en la espalda y, antes de irse, dijo: creo que cada vez entiendo más por qué te fuiste. El cuerpo y la cabeza del Tanque continuaban en el suelo, todos caminaban como si aquello fuese una montaña de tierra o parte de las cenizas de lo que había sido el fogón. Ya con las mochilas preparadas comenzamos a caminar. Coyote iba adelante, separado del resto del grupo. Yo caminaba en el medio de dos Orangutanes, desposado, diría que, incluso, sin ser vigilado, como si fuese uno más. De todas maneras, no intenté probar mi suerte, por lo que me dispuse a caminar en silencio hacia donde fuera que íbamos. Cuando el sol alcanzó el cenit, el mismo Orangután que por la mañana me había ofrecido comida, ahora volvía a darme agua. Le dije gracias; él no respondió. A las horas me caí por primera vez. Todos se detuvieron, avisaron a Coyote y él se acercó hasta el lugar. No es nada, dijo, denle un poco de agua y algo para comer y que siga caminando. Minutos más tarde retomé la marcha pero algunos minutos después volvía caerme. Esta vez no le avisaron a Coyote. El Orangután que parecía tener cierta consideración me tomó de un brazo y me ayudó a completar el camino. Recién al atardecer, casi sin fuerzas, pude ver una especie de asentamiento. Estamos por llegar, aguantá un toque, no te mueras acá. Le pregunté su nombre. Pancho, Pancho González, dijo.
Al llegar al pueblo, mujeres y niños y algún que otro anciano comenzaron a salir de las casas de chapa, madera, cartón y barro hasta acercarse con miradas incrédulas.
–¿Qué mierda hacen acá? –dijo una mujer– Pensábamos que ya no volvían. La mitad del pueblo se las tomó. La otra, nosotros, nos quedamos para recibir a los monstruitos. Pero... qué mierda hacen ustedes acá.
Todos la ignoraron. Yo quise decirle algo, que había sido mi culpa, que ahora todos los monstruitos estaban muertos por mi estupidez, pero apenas tenía fuerzas para respirar. Igual, por lo que pude comprobar en ese momento y que más tarde –luego de comida, bebida y un poco descanso– ratificaría, la mujer estaba muy buena. No sólo esa, sino la mayoría. Eso sí, un poco sucias; después de todo, vivían en algún lugar olvidado de la provincia, y con el constante temor de ser exterminados por los monstruitos. Pero que estaban buenas era un dato objetivo y también lo era el hecho de que volver a ver minas de esas características me calentaba mucho. Pero más allá de ese detalle, por el momento debía ocuparme de mi vida. Coyote había llegado bastante cansado y gracias a eso le dijo a Pancho González que me llevase a su casa, me vigilara e hiciera conmigo lo que se le antojase, siempre y cuando no me quitara la vida. De eso me voy a ocupar yo, dijo y se fue a una de las casas bajo los insultos y escupidas de la mujer que lo había recibido preguntándole "qué mierda hacen acá", o sea, allá. Sin duda, pensé, esa mujer amaba a los monstruitos tanto como yo.
Pancho, después de ayudarme a que me recostara sobre una especie de cama sin colchón pero con frazadas, me dio algo de agua. Me preguntó si quería comer, pero le contesté que no. Luego comenzó a contarme alguna historia pero resultó probable que me quedase dormido, porque al otro día, al despertarme con la luz del sol que entraba por las rendijas, no pude recordar nada de lo que me había dicho. Fue una gran sorpresa ver a Pancho bañado y preparando el desayuno sobre una salamandra que alimentaba constantemente con cartón y cajones de fruta.
–Buen día –dije– ¿Hace mucho que te levantaste?
–Buen día, Virgilio…
–Creo que te dije que esa es una confusión, yo no soy…
–Sí, probablemente, pero a Coyote no le va a importar. Para él sos Virgilio y se acabó. No me pude dormir en toda la noche, así que me fui a buscar cosas para desayunar.
–En cambio, yo dormí como un hijo de puta. ¿A dónde fuiste a buscar comida?
–Estamos cerca del muro con Buenos Aires, a unos dos kilómetros, y ahí hay un lugar en el que arrojan toda la basura del país.
–Un basurero.
–Nos negamos a llamarlo así, es parte de nuestro territorio.
–Entiendo –dije y procuré comer lo mínimo indispensable para mantenerme con vida– Che, contame loco, ¿por qué no pudiste dormir?
–¿Ves la mujer de esa foto? Es la Anaclé, mi esposa.
–¿Anaclé, Qué clase de nombre es ese?
–En verdad es Anacleta, pero a ella le gustaba, bueno, en verdad le gusta que le digan Anaclé, dice que tiene más clase. Te decía, es mi mujer, y ahora no está porque se fue con el resto. El problema es que nadie sabe dónde. El grupo se había quedado a cargo de un flaco que rescatamos cuando invadimos el casino de los monstruitos. Según dijo la mujer de Coyote, Anaclé pegó onda con el flaco ese, Pascual creo que se llamaba, y como se le ocurrió ir a no sé que lado, ella lo siguió, junto al resto de la gente que falta.
–¿No será Pascula?
–Sí, ese, Pascula. ¿Lo conocés? –dijo y por primera vez vi odio en los ojos de Pancho González.
–No mucho, sé que estaba con el resto de los monstruitos cuando llegué, pero no sé mucho más.
–Menos mal, por un momento pensé que tenías algún tipo de relación con ese hijo de mil puta. Pensá que lleva noches y noches chupándole las tetas a mi Anaclé –y en el momento en que terminó de pronunciar el nombre comenzó a llorar. Sólo una vez había visto llorar a un hombre de ese modo, tan entregado al dolor, completamente fuera de sí. Ese hombre había sido Pascula, una noche en la que, borracho, se puso a rememorar su infancia. Intenté calmar a Pancho, pero fue peor: al acercarme, me abrazó con fuerza y lloró más fuerte, sin consuelo, dejando saliva y mocos sobre mi uniforme de batalla. La salamandra se apagó y yo no sabía muy bien qué hacer. Le dije a Pancho, pero al pronunciar mi primer palabra, él lloró con más fuerza. La vejiga la debería tener como una pelota de básquet, porque mis ganas de mear eras enormes. También el hambre, pero eso no me preocupaba demasiado; había aprendido a vivir con esa sensación. Tuve la suerte de que justo en ese momento entrara la mujer de Coyote, una María Laura más que se hacía llamar Malala. Intenté contarle la situación lo más rápido que pude y le dije que abrazara a Pancho. Ella tomó mi lugar, yo salí de la casa, y al regresar intenté encender el fuego. Con los minutos el llanto se aplacó y la mujer de Coyote recostó a Pancho González en la cama. Cuando se quedó dormido, Malala se acercó a donde yo estaba y me ayudó a preparar el desayuno. Tenerla tan cerca me resultaba incómodo, aunque también me gustaba. Las palabras apenas me salían. Cada gesto, cada sonrisa la volvían más atractiva, y mientras ella acrecentaba su hermosura, yo hacía lo propio con mi pelotudez. Al fin, luego de varios segundos en los que los dos permanecimos en silencio, ella dijo:
–Intenté convencerlo, pero no hay caso, Coyote cree que vos sos Virgilio.
–¿Y vos cómo sabés que yo no soy él?
–Fácil, una mujer jamás se olvida del hombre con el que cogió durante tres años seguidos.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Boludeo de madrugada.

Se me ocurrió buscar en el google la palabra felicidad. Llegué a una página que tenía frases célebres sobre esa sensación. La calidad de la página era dudosa, es más, abajo de esas frases de un tema tan complejo como la felicidad, aparecía una publicidad de "Casting", la tintura para el pelo de Loreal. Aunque después de pensarlo, ¿las mujeres no se tiñen cuando se sienten desequilibradas e infelices? (excluyendo el tema de las canas, claro). Un premio consuelo para cambiar lo que no se puede es cambiar el color de pelo. En fin, ante la posibilidad de ser tildada como una completa pelotuda, me decido a postear estas frases, y tal vez llegar a una conclusión de qué es lo que me falta.

La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.

Benjamin Franklin (1706-1790) Estadista y científico estadounidense

Como se nota que Franklin era estadista. Y si, son rescatables los momentos de felicidad en la tristeza, aunque llores y sonrías a la vez como un bipolar. Es una cosa que nunca me imaginé medir. Bien, Benjie.


La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.

Thomas Chalmers (1780-1847) Ministro presbiteriano, teólogo, escritor y reform

Algo que hacer? Tengo, pero estoy boludeando. Alguien a quien amar: amigos, familia. Alguna cosa que esperar: bueno, espero demasiado, algo que sea mío y que todavía me falta alcanzar.


Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace.

Jean Paul Sartre (1905-1980) Filósofo y escritor francés.

Escribo y amo hacerlo. Vamos todavía.

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda (1904-1973) Poeta chileno.

Coincido plenamente, Pablito, he estado en ambos lados.

La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.

Henry Van Dyke (1852-1933) Escritor estadounidense.

Tamos en camino, pero remando y remando me van a salir unos músculos como los de la mina de la propaganda de Magistral.

El verdadero secreto de la felicidad consiste en exigir mucho de sí mismo y muy poco de los otros.

Albert Guinon (1863-1923) Dramaturgo francés.

Me falta exigir muy poco de los otros, cosa que no puedo evitar.

Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras que no la ame.

Oscar Wilde (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés.

¿Entonces por qué los hombres no fueron felices conmigo? Coño!!


Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo.

Leon Tolstoi (1828-1910) Escritor ruso.

En otra noche de boludeo, me hice un test en facebook: ¿Qué pecado capital sos? Salió "la codicia".


La felicidad es la certeza de no sentirse perdido.

Jorge Bucay (1949-?) Escritor y psicoterapeuta argentino.

Bucay no merece contestación alguna.


La suprema felicidad de la vida es saber que eres amado por ti mismo o, más exactamente, a pesar de ti mismo.

Victor Hugo (1802-1885) Novelista francés.

Diste en la tecla, Victor Hugo.

Bueno, acá les dejé material para hacer un hermoso pps para mandar por cadenas de mail a todos sus enemigos o a la tía pesada que aparece por casa en las navidades.
Besos, me voy a la camita.

martes, 25 de noviembre de 2008

Se le calienta la chi-chi

Hace mucho calor monos. Por eso, les presentamos la única solución que encontramos para todas las mujeres de la oficina:


domingo, 23 de noviembre de 2008

Solía ser una chica moderrrna!!!!

Momento de alpedismo, trato de escribir. Trabada, muy trabada. Entonces me pongo a ver textos viejos. Después de todo, no estaban tan mal. Me cagaba de la risa, era una chica moderrrna. ¿Qué me pasó en todos estos años? Les paso el primer capítulo de mi primer novela inconclusa. Después vendrían otras. Pero la verdad que pucha, me toy volviendo clásica.
Adio.

Ubicación en Tiempo y Espacio

Madrugada del 30 de diciembre de 2001. En realidad el 31 estaba naciendo. El primer año de la era de acuario ni siquiera pasaba sin pena ni gloria, sino que transcurría con pena de más. Apenas 10 días antes Argentina explotaba y renunciaba el presidente Fernando de la Rua. Para el 30, el día de mi cumpleaños, ya estaba renunciando otro más: Adolfo Rodríguez Saa. Aquel día mi intención era desentenderme de las noticias, para olvidarme de que no había nada que festejar. Mi mamá, tratando de cambiar mi patético humor, propuso ir a cenar a un lugar con fama de ser siempre agradable, con música y gente que se propone ser feliz. Pero ese 30 de diciembre el clima del restaurante distaba de ser así: estaba casi vacío y la única música de fondo que se escuchaba era la de la televisión, con el discurso del flamante gobernante anunciando su renuncia.
Queríamos liberarnos y por eso nos levantamos de la mesa y volvimos a casa para comer una picada compuesta básicamente de sobras, pero por lo menos la música que se escuchaba en la compactera era la que yo había elegido. Así transcurrió el cumpleaños más triste de mi vida, pero por suerte, el 31 estaba naciendo y el martirio de un fracasado día de gozo se terminaba. A falta de algún estímulo externo, traté de combatir el insomnio con un hábito entre orgiástico y onanista, entre social y apático, entre verdadero y falso: prendí la computadora.
Elegí el icq, aquella maravillosa forma de comunicación para esta nueva sociedad individualista, en la cual uno puede contactarse con otra gente usando la propia personalidad u otra inventada. Yo siempre detallé mis gustos, no quise mentir, no por estar plenamente conforme conmigo misma, sino quizás, para ahorrar futuras explicaciones. Una especie de grito virtual que decía “soy esto, tómalo o déjalo”.
Mis dedos frenéticos en el teclado hacían que el tiempo transcurriera más rápido, pero de todas maneras, ya me estaba empezando a aburrir. Cuando estaba a punto de desconectarme del cyber mundo para intentar dormir, un perfecto desconocido apodado Astroboy me manda un mensaje que dice “Knock knock, felíz cumpleaños”.



I


- “Muchas gracias”, contesté.
- “Pura casualidad, justo miré tus detalles y parece que tenemos muchas cosas en común, por ejemplo, según estoy leyendo, veo que tu nombre es Marina y te gusta Herman Hesse. ¡A mi también me encanta!”
- “¡Qué bueno! Demian es mi libro favorito, después leí otros que me gustaron mucho, como El lobo estepario.”
- “A ver, sigo leyendo y puedo comprobar que te gusta...Oscar Wilde.”
- “Si, me encanta.”
- “Noooooooo.”
- “¿Por qué no?”
- “Porque Oscar Wilde y Herman Hesse no tienen nada que ver.”
- “Ya lo se, pero me gustan ambos. Hesse es reflexivo y se ocupa de la mente, en cambio Wilde habla de la belleza como valor.”
- “Wilde no me gusta para nada, en fin no podíamos coincidir en todo.”
- “No, es cierto” – coincido- “Bueno, como puedo ver en tus detalles, tu nombre no aparece.”
- “Disculpame, mi nombre es Astro. Pero ya que nos estamos conociendo, ¿no tendrías una foto tuya para mandarme por este medio?”
- “No, no tengo ninguna cargada en la máquina, ni bien tenga una prometo mandar”

Era verdad que no tenía ninguna foto para mandar desde la computadora. Pero en icq, como abunda tanto la mentira, cualquiera podía pensar que no estaba contenta con mi aspecto físico y que prefería ocultarme. En mi caso particular, no estaba ni conforme ni desconforme: entraba en la categoría de una chica de 23 años “completamente normal”, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni linda ni fea. El único rasgo característico que me puede distinguir de una muchacha promedio es que soy voluptuosa, al estilo de las actrices del neorrealismo italiano, pero eso prefería no decirlo enseguida, no porque me guste o me disguste, sino porque tenía miedo que la otra persona pensara de que yo me estaba mandando la parte.
- “Que lástima” –contestó – “Necesito con urgencia tener una foto tuya”
- “ Bueno, dije que ni bien tenga una te la voy a mandar.”
- “¿Y cómo voy a saber que es verdad que no tenés ninguna?”
- “Mirá, lo que te digo es tan cierto como que te llamás Astro.”
- “¿Estás segura de que eso es cierto?”
- “No, pero elijo confiar en vos. ¿Hago bien o mal?”
- “Cambiemos de tema, pero quien te dice que me mandes tu foto, yo te mande la mía nos gustemos y seamos novios. Hasta suena lindos nuestros nombres: Marina y Astro”.
- “Jajaja. Bueno, supuesto Astro. Prometo que ni bien tenga una foto te la mando, porque mi scanner murió, y ya lo velé y lo enterré”.
- “Bueno, pero entendé que el hecho de que me mandes tu foto es una necesidad urgente para mi. Pero mientras tanto, te voy a hacer unas preguntas”.
- “Pregunte, nomás”
- “Decime como sos, gorda flaca, no se.”

Cuando en un diálogo virtual, las preguntas son planteadas con respecto al físico, prefiero no mentir, así que la respuesta inevitable apareció en su monitor.

- “Soy delgada, pero voluptuosa, se puede decir.”
- “¿Y eso que significa, que sos culona?”

Con un poco de vergüenza prosigo...
- “Soy culona, pero por sobre todas las cosas, tetona.”
- “¡Me encantan las chicas tetonas! (Esto me salió del alma, sin preámbulos).”
- “Mire usted.”
- “Pero no me dejes así, tirame tus medidas, por favor.”
- “Bueno, te las digo. ¿Para que tanto preámbulo, no?
- “¡Si, por favor! Pero decime si estoy acertado ante este pronóstico: ¿estarás más o menos en los 100-60-90?”
- “Le fallaste un poco de arriba: en realidad, tengo 90, porque mi espalda es extremadamente chica. A las demás medidas sumale un par de centímetros más.”
- “¡Necesito tu foto ya!”
- “¿Tanto te entusiasmaron mis medidas?”
- “Si. ¿No ves que estoy enamorado?”
- “Si, si, ja ja ja.”
- “Hablo en serio.”
- “No, no hablas en serio.”
- “¿Por qué lo decís?”
- “Porque no podes sentir amor sin siquiera conocerme.”
- “¿Y vos como lo sabés?”
- “No me gusta utilizar la palabra saber, porque eso implica certezas, y soy partidaria de que las certezas no existen, por eso voy a utilizar la palabra concebir. Yo concibo al amor como algo muy fuerte. Por eso no uso ese término con demasiada frecuencia.”
- “Mirá que sos complicada. Yo en cierto modo, también lo soy.”
- “Y yo opino que sos misterioso, porque hasta ahora solo hablamos de mi.”
- “¿Qué querés que te cuente?”
- “No se, describite un poco.”
- “Te puedo decir que soy muy muy lindo.”
- “¿Y es realmente verdad que te llamás Astro?”
- “Me tengo que ir a dormir, buenas noches.”

Y se desconectó de la computadora.

martes, 18 de noviembre de 2008

Linda Frase

"No hay nada más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos".

Aldo Pellegrini.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Estado de coma

Quisimos tomarnos unas merecidas vacaciones por nuestros pagos, pero tuvimos algunos inconvenientes con el arribo.



Si bien quedamos en estado de coma, prometemos un regreso a todo trapo (o, al menos, un simple regreso) ni bien logremos despertar.

Cariños per tutti

viernes, 31 de octubre de 2008

Neutralidad

Llegué a mi casa pasadas las 4 de la tarde. Como cualquiera, lo primero que hice, después de abrir la puerta, fue encender la luz. No pasó nada. Fui hasta la cocina y lo mismo, nada. El ascensor había funcionado, así que el problema era mío. Fui hasta la caja de luz y todo estaba normal. Llamé a la portera. Creo que la desperté de la siesta. Me dijo que esperara hasta las 5, que era cuando comenzaba su horario de trabajo. Esperé. Vino y bajamos al zotano. Allí, al igual que en mi casa, estaba todo normal. Llamé a mi viejo. Antes de seguir, aclaro: sé tanto de electricidad como de física cuántica, o sea, nada. Mi viejo, en cambio, te puede hacer la instalación de luz de una casa, por más que sea ingeniero agrónomo. De hecho, alguna vez lo hizo. En fin, lo llamé y a la salida del trabajo se vino para mi casa. Empezó a ver y no podía saber qué era lo que pasaba. Me mandó a buscar un buscapolos (el primero que tengo después de dos años y medio viviendo solari), y cuando se lo trajé lo empezó a meter por acá y por allá. A todo esto, la portera me había dejado la llave del zotano, por lo que cada dos por tres yo subía y bajaba para dar o cortar la luz. Finalmente, mi viejo dice: "acá pasa algo raro, el problema no es tuyo, ves, me señala que los dos cables te transmiten electricidad". Obvio, yo no tenía ni la más puta idea de que había un cable positivo y otro neutro, y que, además, el buscapolos sólo se enciende cuando se coloca sobre el positivo. Me mandó a la ferretería en la que había comprado el buscapolos para que preguntara qué significaba eso. Cuando le conté, el tipo que me había vendido el buscapolos me dijo "uh, eso no puede ser, algo pasa en tu casa, por las dudas no enchufes nada que te lo va a volar". Cuando llegué a mi depto, mi viejo hablaba con un amigo electricista. Ahí le confirmó que tenía el "neutro" cortado en algún lado. Llamamos a la administración. Le conté lo que pasaba. La administradora me dijo que iba a hacer todo lo posible para enviarme un electricista de manera urgente. A la hora cayó el electricista y volvió a confirmar lo que había dicho el amigo de mi viejo: el neutro estaba cortado. Fuimos hasta el zotano, la portera, el electricista, mi viejo y yo. Ahí no pasaba nada. De ahí, mi viejo y el electricista subieron piso por piso para ver dónde estaba el problema. Yo me quedé en planta baja, junto a la portera. En un momento mi viejo me grita para que fuera al zotano a cortar la luz y que, mientras yo iba hacia allá, la portera subiera. Luego de cortar la luz yo también subí. Ahí la comunidad volvió a unirse y, todos, contemplábamos cómo un hijo de puta con un alicate me había cortado "el neutro". En segundos el electricista arregló el asunto y volví a tener luz. La portera dijo que no le extrañaba eso, había más de un hijo de puta en el edificio y por eso ella iba al psicólogo y al psiquiatra todas las semanas. (Excursus: un tiempo atrás, la portera había estado de licencia durante dos meses por presentar problemas psiquiátricos.) Luego nos despedimos, la portera fue hacia su casa, mi viejo bajó a abrirle al portero y yo entré a mi depto sin poder creer que alguien era capaz de haberme cortado el neutro.

jueves, 23 de octubre de 2008

El monstruito volador

Al llegar al terreno de la disputa, comprendí el porqué de la furia de los monstruitos: los Orangutanes tenían el aspecto de humanos; en verdad, los Orangutanes eran humanos. Rubios, pelirrojos, morochos, incluso estaban los de pelo castaño. Y mientras que los monstruitos reproducían esos sonidos infernales y decapitaban humanos, los Orangutanes intentaban hacer lo propio con barrotes de metal o palos de escoba con la punta afilada. Así fue que la matanza de Orangutanes no duró demasiado: sus cabezas rodaban por el suelo, la sangre salpicaba por todos lados, y siempre, como si el destino fuese irreversible, los monstruitos avanzaban y los Orangutanes retrocedían. Sufrían el ataque del batallón de Justina, del batallón de Homero y del que, en teoría, estaba a mi cargo. Las flechas atravesaban ojos, las armaduras detenían a los palos de escoba y luego los Orangutanes debían soportar el filo de algún arma. Cada tanto, un Orangután lograba dar muerte a alguno de los monstruitos, pero por un monstruito que moría, caían cincuenta humanos. En definitiva, todos los monstruitos avanzaban en la ferocidad bajo una consigna: exterminar a los otros. Todos, menos el monstruito volador en el que yo estaba, que, suspendido en el aire, sólo atinaba a arrojar una flecha cada cierto tiempo, y luego permanecía allí, estático, manteniendo la posibilidad del relato.


jueves, 9 de octubre de 2008

La madre rusa

Alguna vez escuchamos sus clases, alguna vez leímos sus artículos.
Ahora, lo leemos desde otra perspectiva:

Gargarella en TP

Vale quebrarse.

lunes, 6 de octubre de 2008

Feliz Cumpleaños, papá

Hoy una de las jirafas -la jirafa a la que le debemos este blog- está de cumpleaños. Recibe, suponemos de un modo relajado, los 26.
Mientras esperamos que alguna vez regresen los Cuadernos del Gran Jefe, y como la suerte le deparó ser hincha del Club pobre de La Plata, el lobo, y como es muy probable que jamás lo vea campeón, desde acá le dejamos, al menos, un poco de esssplendor, vistes, como para que se consuele.


sábado, 4 de octubre de 2008

12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.


Oliverio Girondo. 1932, Espantapájaros( al alcance de todos).